Travesía de medianoche

Habíamos estado postergando ese momento por varias semanas hasta que logramos encontrarnos para compartir una cena simple y saludable en un lugar donde se pueden elegir los ingredientes que completen tu sándwich. Muy alegremente disfrutamos de los alimentos, la agradable compañía y las anécdotas graciosas que tanto extrañábamos, al igual que las consecuentes molestias abdominales causadas por tanta risa.

Como era día de semana, percibimos que los empleados comenzaban a limpiar las mesas y guardar los ingredientes, apagar las luces y borrar el pizarrón instalado para entretener a los niños dibujando. Reticentes pero conscientes de que al día siguiente deberíamos comenzar otra jornada desde temprano, nos encaminamos hacia la puerta, con los últimos comentarios, chistes y promesas de volver a vernos pronto.

Una vivía a tres cuadras de ese lugar que queda en una región segura de la ciudad, muy transitada, la otra se embarcaría en un remis a cuatro cuadras, yendo en el mismo sentido que la primera. Yo tomé la decisión de caminar hacia mi casa, lo cual normalmente me toma entre media hora y treinta y cinco minutos.

Luego de los abrazos de despedida, cada una empezó su travesía. Al principio todo era muy normal, yo iba mirando la ropa exhibida en las vidrieras, notando cómo las personas se dirigían en sentido contrario hacia donde yo iba y percibiendo todos los movimientos y sonidos, en estado de alerta, sujetando mi cartera y apretando el paso.

Llegó el momento de doblar en la avenida que conduce hacia mi barrio. Ni un alma, ni un perro, ni una moto. Sólo yo, escuchando mi respiración y el sonido de mi bota, cuya suela estaba despegada, desentonar en cada paso. Balbuceaba cuantos Ave Marías me salían, confiando en la protección divina.

Nuevamente debí doblar, ahora en una calle más estrecha aunque iluminada aún. Se sumaba ahora el repiqueteo de mis latidos cada vez más acelerados y ansiosos por ver el momento de sacar las llaves del bolsillo. Seguí avanzando, sintiendo el aire frío en mis fosas nasales hasta que de repente escuché un ruido que congeló todas las fibras de mi cuerpo, pero no impidió que siguiera caminando al mismo ritmo, determinadamente. Intenté percibir si se trataba de una persona. No lo logré, así que seguí con mi rumbo apresurado, acompañada de ese ruido extraño que cada vez se hacía más fuerte. Por lo visto, iba acercándome a la fuente.

Ahora se le sumaba un bulto en movimiento en la oscuridad. Mi imaginación volaba intentando descifrar el misterio y mi cerebro planeaba escapatorias, en milésimas de segundo, considerando variadas posibilidades. De repente, ese ser se yergue y sus ojos caninos me observan, con cáscaras de papa colgando se su hocico, y vuelve a su labor de intentar hallar alimento para su escuálido cuerpo.

Pude respirar más tranquila, intentando que mis pulsaciones calmaran la algarabía dentro de mi sistema circulatorio. Siempre alerta, siempre alerta. Percibía esa mezcla de aromas en esa cuadra particular donde de un lado se observa un árbol de tilo y del otro un paraíso, endulzando el ambiente, embelesando, enamorando. Mis manos frías, jugueteando con las llaves dentro de mi bolsillo.

Lo siguiente que llamó mi atención fue el sonido de mis pies sobre las piedras de la calle que, ahora, había dejado de ser pavimentada. Mirar a un lado y al otro de la calle perpendicular para al fin comenzar a transitar esa interminable cuadra que desemboca en mi casa. Ningún vecino parecía estar al tanto de mi presencia. Todas las luces apagadas, excepto una, perteneciente a una vivienda que emanaba aroma a guiso.

Como un relámpago, un gato cruzó de un lado a otro, mirándome desde su nuevo sitio con sus ojos verdosos que tan curiosos se ven por la noche. Parecía aterrado. Curiosamente, todos los perros dormían. Se cansaron de esperar que yo pasara para ladrarme e intentar morder mis pantorrillas. ¡Bien por mí!

Finalmente, llegó el momento que había estado ansiando. Al fin podría sacar las llaves para abrir esa puerta. Esa puerta que calmaría mis nervios, mis temores, mis pensamientos precipitados. Sin embargo, esa sombra logró hacerme sentir un escalofrío más. Pero sólo por unos segundos, hasta que el cambio de su posición me hizo dar cuenta de que era el caballo. ¡Maldito caballo! ¿No podría haber estado en otra parte de ese extenso predio que puede verse desde la siguiente cuadra?

Volví a concentrarme en disfrutar de lo que había anhelado. Escuchando ese sonido tan particular, prometedor y suspensivo de las llaves. Antes de ingresar al oscuro pasillo que terminaba en la puerta soñada, aproveché los rayos de la luz del poste de la esquina para seleccionar la correcta. Ya podía percibir la calma llegando a mí, como un presentimiento.

Un paso y un empujón. Ya estaba dentro, agradeciendo la compañía y la protección.

María Agustina Irigoytia – 2016

 

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