La niña

Caminando aquella tarde gris, fresca y húmeda, vi esa niña regordeta de cabello risado y despeinado. Acompañaba a su mamá mientras trabajaba en el puesto callejero. La niña sostenía un cuaderno universitario en una mano y un lápiz en la otra.

Su madre se sentó sobre el alfheizar de la ventana del negocio que quedaba frente a su puestito y la chiquita apoyó el cuaderno sobre la falda de su protectora.

Con unos ojos ávidos y curiosos se dispuso a dibujar, escribir o garabatear.

Los ojos cansados de su mamá, seguramente por llevar una vida sacrificada para poder darle lo mejor, la miraban con ternura, sabiendo que todo el esfuerzo valía la pena.

Fue inevitable que ello me remontara a mi historia, a mi mamá, a mi antigua yo. ¿Dónde está esa niña? ¿Dónde se fue? Me asalta la angustia al pensar que ya no está, que el tiempo la hizo desaparecer. Quisiera que estuviera por ahí, escondida o dormida … Pero lo dudo. La persona actual, ocupada, preocupada, planificadora no la deja despertar o ser; no la deja desplegar su esplendor, su curiosidad, su frescura, sus risas, su arte, su amor y sus caricias.

Esa angustia permanece y oprime.

¿Dónde estará? ¿Podrá volver a brillar?

María Agustina Irigoytia – Abril 2017