Gisela

 

De todos los sonidos horribles que había escuchado, ninguno se comparaba con el áspero, constante y doloroso martillazo del despertador de los lunes. Como el resto de los días sonaba a las seis de la mañana y aunque no lo necesitara para despertar puntualmente porque la rutina longeva de la rutina la había entrenado lo suficiente como para cumplir con la puntualidad que exigía el hospital, tenerlo al costado de la cama le daba la tranquilidad necesaria para dormir de corrido.  

Se levantaba y arrastrando los pies llegaba al baño en el que las manchas de  humedad del techo parecían inflarse hasta convertirse en un monstruo oscuro y denso cuando prendía la luz y la lamparita que colgaba del techo iluminaba su cara en el espejo. 

El comienzo de sus días se parecían tanto que muchas veces mientras viajaba en el colectivo tenía que sacar cuentas para saber en que día estaba, pero los lunes no. Los lunes era más fácil porque el día anterior no sonaba el despertador y había estado en el cementerio tomando mate, había llamado su mamá desde Corrientes y había lavado y planchado los seis ambos azules que iba a usar durante la semana.  

En el hospital los lunes la esperaba Sonia para desayunar. Sonia también era enfermera, pero tenía diez años más de experiencia y sabía transmitirla con su voz ronca, fuerte y  profunda como la de quien dirige una batallón de romanos hacia la guerra. Se esmeraba con Gisela porque sabía cuanto necesitaba distraerse desde la muerte de José. 

No habían terminado el pase cuando entró al office de enfermería Luis, uno de los camilleros, para avisarles que había dejado un ingreso en la doce. Yo voy, dijo Gise distraída. 

Caminó por el pasillo largo y recubierto de azulejos amarillos. De un lado había unos pocos bancos donde los familiares esperaban para entrar a visitar a los enfermos. 

Faltaban unos metros cuando el olor empezó a sentirse, primero tenue y luego fuerte, ácido y expansivo. Rogó que el olor no viniera de la doce.  

Una vez frente a la puerta el aire se volvió insoportable. Cuando entró, la habitación estaba en penumbras. La persiana de la ventana estaba baja y la luz del velador no le alcanzaba para leer la historia clínica. Prendió la luz del techo y vio con claridad. En la cama, un hombre gordo bajo una montaña de ropa, bolsas y pelo oscuro miraba de costado. Era difícil distinguir en donde terminaba el pelo y comenzaba la ropa. Se notaba que era alto, las manos grandes e hinchadas terminaban en unas uñas largas renegridas de mugre. En la cara apenas se veían los dos ojos rodeados de pelo y barba que seguramente era de años. En el cuello los pliegues estaban grises de tierra seca, pero brillaban probablemente por la transpiración. 

El hombre se quejaba de dolor, era un gemido seco y corto que repetía continuamente. Gise entendió que era un social, así llamaban las enfermeras a las personas en situación de calle. Pero todavía no podía distinguir si el hombre era un psiquiátrico, un borracho o ninguna de las dos cosas. Nunca le había tocado un social. 

La imagen intensificó el olor y la paralizó,  necesitó cubrirse la nariz con la mano para acercarse y agarrar la historia clínica: fractura expuesta de tibia por accidente en la vía pública. Fecha quirúrgica Lunes 23 12hs. Había que higienizarlo para quirófano. 

Tenía la pierna vendada y en la venda una mancha húmeda de sangre. Habían cortado el pantalón para poder tratar la herida. Ahora entendía los gemidos de dolor. Quedate tranquilito que te van a curar, te vas a poner bien, si? Ahora vengo con las cosas para higienizarte, si? le dijo en tono agradable, pero el hombre seguía luchando con el dolor y parecía no entender bien en donde estaba ni que le estaba pasando.  

Caminó por el pasillo hasta el office. Estaba segura que si le pedía, Sonia la iba a ayudar y que todo el asunto del social no les tomaría mas de dos horas, pero cuando le dijo, vió la cara redonda de su amiga fruncirse de espanto pidiéndole con la mirada disculpas por no poder ayudarla. Otra vez no lo voy a hacer, ya se me murió uno y todos saben lo que pasa. Esas personas no pueden vivir de otra manera, ya están habituadas, los matas si les sacas la mugre, es parte de su cuerpo, es como si les sacaras la piel y los dejaras en carne viva. Todos lo saben, si los higienizas se mueren, es así, dijo y salió del office apurada. Quedó la sala en silencio, las otras dos compañeras quedaron paradas alrededor de la mesa ignorándola, nadie quería higienizar a un social.   

Lo primero que hizo fue abrir la ventana. Sabía que se iba a acostumbrar al olor, pero hasta que eso sucediera iba a pasar un buen rato y era tan denso y rancio que le bloqueaba los otros sentidos.  

La habitación era para dos, por lo tanto había una cama desocupada paralela a la del hombre en donde podía apoyar las cosas que iba a necesitar para lavarlo. Preparó una palangana con agua tibia, colocó un poco de jabón blanco, se puso los guantes de látex, separó un paño y lo metió en la palangana, mientras se humedecía agarró una tijera para cortar la ropa y el pelo. 

Las palabras de Sonia se seguían insertando en su cabeza y retumbaban hasta molestar. La idea de dejarlo en carne viva, de la muerte acompañando su limpieza le dio un escalofrío, intentó tomar aire pero la ráfaga condensada de olor que respiró le hizo dar una arcada. Cerró los ojos dos segundos y no pudo más que pensar en José invocandolo para pedirle que la ayude con esto. 

La panza hinchada del hombre hizo un sonido fuerte y Gise lo miró sorprendida. Sus miradas se conectaron un momento, era un hombre joven, no tenía más de cuarenta años, algunas pocas canas en el pelo y en la barba y aunque la piel de la cara estaba reseca y tensa todavía mantenía cierta juventud.  

Mi nombre es Gisela, yo te voy a lavar un poquito para que te puedan ver los médicos y se te pase el dolor, si?, le dijo intentando sonar suave y firme al mismo tiempo. Vos avísame si te duele, si? Cómo te llamas? , insistió mientras el hombre tumbado empezaba a respirar cada vez más rápido. 

Mjmosee, dijo con alguna dificultad y cerró los ojos corriendo la cara hacia la ventana. Dijiste José? le preguntó seria casi gritando, pero él no contestó. Gise miró al techo, como quien mira al cielo suponiendo que Dios está arriba observando e hizo una mueca con la boca parecida a una sonrisa.  

Con la tijera en la mano lo recorrió con la mirada intentando entender por donde le convenía empezar. Creyó que lo mejor era ir bajando desde la cabeza hasta los pies, así que agarró un mechón de pelo muy parecido a una rastra improvisada y lo cortó, el hombre al sentir el sonido ascendente del corte abrió grandes los ojos y se paralizó. Gise no supo muy bien qué pasaba, pero el ambiente espeso la empezaba a agotar. Agarró el segundo mechón y lo corto sin titubear. En ese momento comenzó el hombre, le sumó llanto a los quejidos de dolor y la situación empezó a angustiarla. Continuó con su trabajo y logró cortarle el pelo y la barba. El hombre lloraba tibiamente y seguía suplicando entre quejas de dolor. Era el momento de sacarle la ropa y entonces volvieron las palabras de Sonia, es como dejarlos en carne viva. 

Cuando revisó lo que tenía puesto se dio cuenta que eran varias capas de ropa de distintos tipos de telas, desde algodón a lana, todas duras, engrasadas de transpiración y tierra. No pudo evitar pensar que sacarle su ropa era desollarlo vivo, matarlo, entonces le empezó a hablar. 

José, quédate tranquilo, vas a estar más cómodo y limpito, te va a ayudar a curarte, tranquilo. Las palabras salieron solas, pero la coincidencia del nombre no dejaba de alterarla. Bajó el cierre de su primera capa, un buzo gris oscuro con manchas que podrían ser de comida, bebida o aceite y con la ayuda de la tijera empezó a cortarle las mangas porque a ella sola le era imposible levantarlo y sacárselo.  

Aunque siempre tuvo mucha fuerza en los brazos y había aprendido a mover a los pacientes de manera tal que hiciera  la menor fuerza posible, el hombre era muy pesado, grandote y estaba tan sucio que pensar en sostenerlo como en un abrazo para sacarle la ropa no le parecía una buena opción. Debajo del buzo tenía un chaleco de lana tejido a mano, era azul marino pero en algunos sectores estaba negro. Le hizo recordar las bufandas de punto santa clara que le tejía a José cada invierno desde que se casaron hacía ya diez años, y el orgullo con que él se las ponía todas las mañanas cuando salía para la fabrica. Respiró profundo y decidió que era mejor no cortar el chaleco, logró sacarle el brazo izquierdo y la cabeza después. Solo le quedaba el otro brazo cuando el hombre la agarró de la muñeca con su mano gorda y fuerte, sus uñas largas y sucias y le incrustó una mirada suplicante seguida de un llanto triste y doloroso. 

Perdoname José, pero es por tu bien. Los médicos te tienen que curar, le dijo y tragó la angustia que le produjo el sonido de la frase. De a poquito te vas a sentir mejor, vas a ver, le dijo con la sospecha de que le estaba mintiendo.  

Gise entro en una confusión de recuerdos que no le permitía saber con que José estaba hablando. Hacía un año y dos meses que iba los domingos al cementerio a visitar a su José, hablaba con él imaginando sus respuestas, le contaba su semana con el mismo tono que lo hacía antes. Lo extrañaba cada día, pero se había resignado a su vida sin él, sin embargo repetir su nombre todavía la afectaba. 

El hombre quedó finalmente desnudo, su panza enorme parecía un globo deforme. Era el momento de empezar a higienizarlo. 

Estaba tomando fuerzas cuando entró Sonia que venía a ayudarla arrastrada por la culpa de haberse negado. Antes de agarrar el paño, Sonia, se persignó y se disculpó con Dios.  

Se llama José, como José, le dijo en un tono amargo. Justo José, pensó Sonia y se corrió el pelo de su cara de galleta enorme y se dispuso a lavar al hombre que observaba la situación quejándose y llorando. Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, comenzó a recitar Sonia como un mantra mientras le pasaba el paño.  

La mezcla de las oraciones de Sonia y las quejas del hombre la empezaron a marear, sintió la transpiración fría de quien le baja la presión y necesitó sentarse en la silla que había en la esquina de la habitación, al costado de la ventana.- Que pasa Gise, estas bien? le preguntó Sonia que había cortado un Ave María a la mitad cuando la vio caminar hacia la silla. 

Sí, estoy bien, pero no puedo dejar de pensar en José  y en lo que dijiste de la carne viva. Dicen que pedía por favor que no lo toquen, que lo dejen ahí tirado en el piso, y yo no llegué, no pude despedirme, no pude decirle que se quede tranquilo. Terminó de decir la última oración entre lagrimas. Sonia la abrazó con fuerza. Cuando la soltó las dos tenían la cara mojada. No se dijeron nada más y volvieron con el hombre que al percibir que se acercaban empezó a toser, era una tos sudorosa, la panza redonda y firme comenzó a hacer fuerza, estaba intentando respirar con todo su cuerpo. Tranquilo José, tranquilo, le dijo con un hilo frágil pero firme de voz. Poco a poco su respiración se fue armonizando y volvió a los gemidos de dolor mezclados con un llanto seco que parecía interminable. Entre las dos lograron terminar su trabajo, lavar al hombre, higienizar al social.  

 

A las doce y veinte el hombre estaba entrando al quirófano. Gise estaba tranquila, José iba a ponerse bien y se lo dijo a Sonia que la miro de costado y con la voz fuerte de siempre le dijo que espere hasta mañana, que siempre es al otro día. Los higienizas y no aguantan ni 24 horas. Siempre se mueren, es así,  dijo mientras respondía un mensaje en el celular. 

La operación salió bien pero a las dos, cuando José salía del quirófano, Gise ya había terminado su turno y estaba saliendo del hospital rumbo a la parada del 60 que la llevaba de vuelta a la avenida Juan de Garay. Durante todo el camino pensó en José, en ese mito de la muerte y ese pensamiento la acompañó el resto del día. 

El despertador sonó el martes y la rutina se repitió casi exacta. La imagen en el espejo del baño, el ambo azul igual al del día anterior y la llegada al hospital a las siete.  

Entró al office y antes de decir buen día preguntó por el social de la doce. Obitó a las cuatro de la mañana, se descompensó, se paró  y no lo pudimos sacar, dijo Miriam mientras ponía sus cosas en el bolsito y se preparaba para salir. Gise se mareó y quedó pálida. Miriam le preguntó si estaba bien y Gise le respondió que sí. Lo higienizamos ayer con Sonia, le dijo. Ah, si, pasa siempre, los higienizas y se mueren, es como sacarles la piel, le dijo Miriam con el tono de quien afirma una obviedad y se fue. 

Gise quedó sola en el office sentada, mirando la punta de la mesa  con los ojos llenos de tristeza. En ese momento entraron sus compañeras hablando del sueldo y el aguinaldo, detrás de ellas Luis avisó que había dejado una paciente en la cuatro con neumonía. Ahora voy yo, dijo Gise distraída.