Una Aventura en tren

Promediaba la década de los 80. La democracia había regresado a nuestro país, pero la gobernabilidad era difícil. Entre esos vaivenes a veces soplaban brisas de buenaventura para nosotros, mi hijo pequeño y yo una joven madre trabajadora, impregnada de fuerzas y deseos de aventuras viajeras. Los libros y los viajes, fueron para mí una constante. Ellos me sacudieron de la modorra que impone una ciudad provinciana. Ubicados en esa línea de tiempo, fácil es comprender que nuestras finanzas eran muy escasas. Entonces era preciso acudir a la astucia y creatividad, sumadas al deseo constante de aventuras. Una de las variantes, era viajar en tren de manera gratuita, con motivo de las elecciones -yo no había realizado el cambio de domicilio, en la esperanza de regresar a vivir a Buenos Aires, deseo que materialicé muchos años después-. Con los pasajes en mano, preparar el viaje era liberar adrenalina por doquier.

De esos viajes recuerdo uno en especial. Se trataba de “El Santafecino” en uno de sus últimos viajes, éste cubría un recorrido desde la ciudad capital de Santa Fe a Retiro. Con salida a las 22 hs. Desde la estación cabecera.

Nosotros vivíamos en la ciudad de Paraná, capital de la provincia de Entre Ríos, distante

26 kms, con un recorrido en bus de 45 minutos aproximadamente, el cual a veces se extendía. Ese sería el caso de este viaje. Llegamos a la estación justo cuando el tren se ponía en marcha, le grité al guarda que tome a mi hijo en brazos, yo corría por el andén a la par tirando bolsos y alguien que me tomaba en brazos para subir con el tren en marcha.

Hoy pienso: ¡Que locura de juventud! Además por ese entonces yo practicaba lo que hoy se conoce como running, entrenaba 18 kms semanales. Mi estado físico era óptimo.

Cuando logramos acomodar nuestros bolsos y nosotros sentados en asientos que habían conocido mejores épocas, me invadía un lógico agotamiento y me dormía profundamente.

Mi niño pequeño disfrutaba esos viajes, eran una gran aventura a su corta edad. Lo eduqué con total libertad, por lo que para nosotros era normal que mientras yo dormía y reponía energías, él se dedicara a recorrer los vagones a sus anchas, siempre fue y es muy sociable y conversador. Les contaba a todos los pasajeros que lo escuchaban: “…nosotros vamos a Buenos Aires a votar a los peronistas” Esta era una de nuestras picardías compartidas y aprendidas para concretar nuestras aventuras viajeras. Al guarda le parecía divertido y lo festejaba con una gran carcajada!

Como el viaje era largo, se dormía poco y de a ratos. Luego de su recorrida mi niño exclamaba: “Maa sacá la turtilla!” Los adultos cercanos estallaban en carcajadas! Recuerdo a una joven que viajaba en el asiento frente a nosotros y nos observaba, me comentó que mientras yo dormía, mi pequeño guardián me cuidaba y me acariciaba y le decía lo mucho que me quería….

Nuestra llegada a la mañana siguiente, diez horas después aproximadamente, a la estación de Retiro, repleta de gente en constante movimiento, nos producía una gran excitación.

En esa oportunidad nos alojamos en casa de un matrimonio amigo en el barrio de La Boca, Av. Regimiento de Patricios. En esa corta pero intensa estadía, disfrutábamos de paseos, compartir buenos momentos y conocer nuevos lugares. Las comidas en familia eran muy cálidas y agradables. Este matrimonio estaba integrado por un paraguayo y una riojana, ¡imaginen el arte culinario! ¡La sopa paraguaya que hacían era una delicia! ¡Las empanadas típicas riojanas lo más!  ¡Puedo seguir! Ellos eran una gran familia por parte de él radicada en Buenos Aires. Juntarse a comer era lo más usual y sumarnos a nosotros un placer.

Ellos tuvieron una niña y yo a mi niño por la misma época en la misma maternidad, de allí nuestro conocimiento. Para los niños jugar y entenderse es algo natural, por lo que llevarlos a la placita, a la calesita, era una rutina encantadora.

El viaje de regreso transitaba entre la melancolía, el cansancio y el firme propósito de algún día volver a vivir en Buenos Aires.

Han pasado 30 años de este viaje en particular, algunos recuerdos permanecen nítidos en la memoria, otros con el paso del tiempo se han desdibujado. En aquella época no había aún celulares de manera masiva y la comunicación era por carta, la última que les envié me fue devuelta por remitente desconocido. Ellos tenían la firme propuesta de vivir en Olivos, la distancia se impuso y esa amistad quedó también en el baúl de los buenos recuerdos compartidos. Hoy soy una mujer adulta, viviendo en Buenos Aires, que conservo mis dos grandes pasiones los libros y los viajes. Claro que los años me imponen cierta reserva en cuanto a tomar aventuras y descargar adrenalina. Pero lo sigo haciendo!

Mi pequeño guardián, hoy es un hombre libre que recorre el mundo a sus anchas, con su pasión que es la música. Es músico profesional y de los mejores, dicho por los que saben.

Me queda la grata sensación, de haber aprovechado esa maravillosa fortuna que se llama juventud, ¡donde el deseo natural de aventuras y el destello de adrenalina, lo transforman todo! Sólo hay que agregar una pizca de ganas y mente con propósito!

 

 

Gracias ,Lía Diana.