Sobre el Enojo y la Autoestima

Hoy es un día calmo en la playa. Se oyen las olas del mar que llegan a la costa como acariciando la arena para luego retraerse y volver a avanzar. El grupo de cangrejos se mueve de lado a lado, sin prisa pero sin pausa. A lo lejos observo la escena que tengo al frente mío, escucho en mi parlante a Daft Punk cantar Instant Crush, saboreo mi agua con sal del Himalaya que me recomendó mi médico mientras leo una novela de verano de Danielle Steel. Después de no sé cuánto tiempo, unas voces lejanas hacen que levante mi vista. Veo que pasan al lado de los cangrejos, algunos de éstos se alejan, otros sacan sus tenazas, alertas, ante algún peligro inminente. Dicen que los cangrejos, a veces, te persiguen a besos, otras a mordiscones. Mi nombre lleva la palabra mar y este lindo crustáceo es el símbolo de mi horóscopo. Sonrío para mí, bajo la mirada y sigo con la lectura o más bien reflexionando.

Así me siento yo, sacando mis tenazas cuando veo mi casa desordenada, cuando tengo que gritar tres veces a mis hijos para que se vayan a bañar, cuando digo que haré gimnasia y me quedo en casa totalmente perezosa, estas cosas me enojan. Ayer sentada en el café escuchando el murmullo de la gente mientras saboreaban sus desayunos pensaba en esto del enojo, de mi proceso de esta sensación. ¿Estoy mejor? no lo sé.

Siento que mi relación con el otro cuando estoy enojada cambió. Puedo tomarme unos minutos para responder, supongo que los años de diván ayudaron bastante a no saltar como leche hervida, despotricando contra todos, expresando frases hirientes a los gritos y señalando con el dedo. Pienso en esos momentos pasados y me veo fea, oscura, mala y furiosa. ¿Estoy mejor? claro que sí. Un cambio de actitud que hace a mi crecimiento. Respirar y contar hasta diez me deja más serena, para luego, poder darle a ese otro mi devolución.

Miro el mar de nuevo y pienso que al final es como el cangrejo, pasa que si me siento enojada yo no tengo tenazas, tengo mi boca, tengo la palabra.

Hay otro enojo que me tiene preocupada, es ese que siento para conmigo misma a no llegar al ideal de lo que debería haber sido, lo que se supone que tengo que  sentir con fulano o mengano, de mis planes que no salen como me gustaría. Cuánta exigencia! Repito un patrón de que cuando las cosas suelen ir bien o me siento bien físicamente o encuentro cierto equilibrio o me voy sintiendo entusiasmada con alguna actividad o proyecto que realizo, llega un momento que de un día para el otro dejo todo trunco. Tal vez sea miedo o inseguridad. No puedo sostener lo positivo, no soporto que me vaya bien y todo lo bueno que venía construyendo lo destruyo, así, en un instante,  como ese castillo de arena de la niña de malla colorada y rizos negros que se le acaba de derrumbar.

Esta sensación  es desoladora, porque a esta altura, sé que no valoro los procesos y los costos que me llevaron a ese lugar de ¨felicidad¨,  llamémosle. Y resoplo, me pongo colorada, lloro a cántaros, me angustio, me alejo de mi ser. ¿Estoy mejor? claramente en este gran aspecto aún falta tiempo y trabajo para aprender a ser…. ¿cómo se dice? No me sale ni la palabra… Para aprender a ser más compasiva conmigo. Esta es la palabra. Las respuestas vendrán de distintos modos. Voy mudando mi armadura, al igual que  el cangrejo que es activo y de comportamiento complejo. Al igual que las olas del mar, a veces me acaricio y otras me  retraigo para volver a avanzar.

Emprendiendo el camino a casa recuerdo mi historia de las 123 cajas, me la sé de memoria. Y la recito para mí .

 Hoy es Martes 26 de Octubre, estoy en Buenos Aires, y anoche dormí excelente. Desayuno con mis peques, llevo a uno a la escuela y al volver se dibuja una sonrisa en mi cara. Apuro el paso. En un par de horas llegará mi mudanza . Al llegar bebo mi smoothie, hoy necesito energía. Dos horas más tarde ya veo el camión llegando, me siento movilizada. Bajo. Veo a Luis, es el portero de turno y me saluda. Rompen el precinto, ahí se ven mis cajas, mis cosas. Cuando subo enciendo mi Mac y pongo música. Voy indicando a dos hombres uniformados, de aspecto prolijo, bien peinados y amables dónde poner cada una de las 123 cajas. Esas cajas que arme hace 3 meses y 26 días atrás en Baku, Azerbaijan. Me siento movilizada porque después de algunas y tantas veces que he armado y desarmado casas hoy me sale ponerme a escribir eso que se siente al poner una casa dentro de varias cajas y eso que uno siente al recibirlas en otro nuevo lugar. Bueno …es que… ¿ mudanza y movilizada combinan no? En este experiencia que elegí vivir por algunos años he escuchado a muchas amigas con más o menos experiencia en esto del trajín de ir y venir por este pequeño mundo que las mudanzas son estresantes, para algunas es como poner la vida de uno en varias cajas y partir hacia un nuevo destino, hacia nuevas experiencias, para otros es otro trámite más. Una mudanza de casa implica también seleccionar, guardar, regalar, vender, donar, empacar, es un proceso, un proceso de cierre, de finalizar una etapa, etapa de duelo, también de esperanza, de incertidumbre, de anhelos y cosas nuevas por vivir. Mientras veo pasar a estos hombres ya un poco menos peinados y con leve sudor en sus rostros me pregunto qué de todo lo que recibo en estas cajas es lo que preciso. Cómo es que ese juego de ollas tan bonito comprado en China al momento de empacarlo pedí que lo embalen con cuidado porque era muy importante para mi y en estos tres meses que no lo tuve ni siquiera me acordé que lo tenía. Cuántas de estas cosas materiales que recibo hoy en mi nuevo hogar son realmente cosas que tienen un valor para mí. El ser humano se adapta, eso es claro. Se recicla, renace. Veo a mi hijo abrir la caja de juguetes con mucha alegría, y acaba de encontrar su bicicleta. Yo también me emociono al ver llegar la caja de mis libros, mi máquina de fotos, y claro mis cajas de zapatos. Cada caja contiene cosas que me hacen recordar a un amigo, a un lugar, un olor, una experiencia, a aquellas vivencias , a muchos de mis viajes, a mi compra favorita, a ese regalo que no me gustó pero que lo sigo guardando, todo eso es parte de mi, de mi identidad. La música suena , se escucha Hips Don’t Lie de Shakira. Estoy de pie en el medio de la sala, rodeada de cajas numeradas, los dos hombres me miran y me dicen: Señora Marina ¿está bien? creo que ya terminamos. Levanto la vista…les sonrío. Tiene trabajo , me dice uno de ellos. Sí, le replico, este proceso de abrir, desempacar, reubicar y asombrarse al ver algo como si fuera por primera vez, trae trabajo, trae alegría , es un recomenzar. Entonces buen recomenzar señora Marina. Hay que reubicar, resituar. Lleva tiempo. Mi casa, mis recuerdos, hoy vuelven a mí. Una mudanza es un proceso de inicio de etapa también Comienzo a abrir la caja número 29, era el número de mi vela de windsurf recuerdo, así como también aquella caja especial, que en otro tiempo y lugar, nunca pude  llegar  a abrir. Nuevos rumbos, nuevos aires. Bienvenida a Buenos Aires.

Ya son las seis de la tarde y está refrescando. Al final esta tormenta de ideas y pensamientos sobre el enojo que tuve hoy en la mañana  me llevo a pensar en el valor y aprecio que le doy a mi familia, a mis amigos, al dinero, a mi cuerpo, a mi persona y a mis cosas materiales. Así como en esta historia de mi mudanza, que iba eligiendo qué cosas que iba recibiendo tenían más valor que otras. El día va oscureciendo de a poco, me siento más iluminada, tengo claro cómo quiero verme, vengo transitando un largo proceso de autodescubrimiento, voy avanzando. ¿ Estoy mejor? siento que sí. Me voy reciclando, resituando, eligiendo qué y quién de lo que me rodea hoy va sumando a mi proyecto de vida. Me siento agradecida de poder transitar este autoconocimiento, porque de esta manera podré tenerme a mi misma de manera consciente y respetarme .

Llego a casa y mi gata Frida maúlla frente al espejo. Ella se ve como una gran leona.

Fin.

El Miedo

Humberto vivía en una casa de adobe en un pueblo cercado por las sierras de Famatina en Chilecito, La Rioja. Imagínense un día gris de invierno en ese pueblo de trescientos habitantes, casas bajas, calles de tierra seca partidas por la falta de lluvia, algunos niños sentados en el cordón de la vereda sentados mirando hacia la nada misma con sus pelos alborotados. La plaza vacía con algunos juegos para chicos ya rotos donde el único sonido es del subibaja que golpetea contra el suelo al son del tac, tac,tac.

Yo camino mirando de un lado al otro, en este horario no se ve gente deambular. Siento que las personas me observan desde las ventanas de sus casas. Me pregunto: ¿ qué dirán?  ¿qué hará a estas horas con esos tacones? parece que es la nuera de Don Humberto escucho decir a los dos únicos hombres que vi mientras paseaba. Es la hora de la siesta y aquí es sagrada. Todo en silencio, tiendas cerradas. El cielo se va coloreando cada vez más con esos tonos grisáceos.

Continúo hacia la casa de Doña María, ella me espera con unos duraznos caseros, membrillo, aceite de oliva con aroma fuerte y con su charla amena. Huele a viento, dicen que viene lluvia. María me recibe entusiasmada, ella no duerme siesta, siempre realiza alguna actividad en su casa y es muy curiosa. La acompaño por los viñedos con el mate en mano y una bolsa que lleva chipá calentito. Viene tormenta me dice María, yo miro hacia la montaña y cambio de tema.

Después de las cinco de la tarde decido retornar a la casa de Don Humberto y me despido del marido de María que ya me ofreció por quinta vez una copa de grapa. Eso te saca todos los bichos de adentro mija, métale que le hará bien, me dice él. Yo sonrío.

Ya se siente frío, emprendo el regreso por otro camino diferente. Camino despacio mientras pienso en la tranquilidad de este sitio, son otros tiempos, otra realidad de la mía. Un escalofrío me hace estremecer. El viento comienza a hacer danzar las hojas de los sauces, se mueven de izquierda a derecha, árbol tras árbol uno al lado del otro hacen que se vea como una coreografía. Viene tormenta pero  no quiero pensar en aquello.

A lo lejos alcanzo a ver la escuela del pueblo donde se oyen vocecitas cantando, indicando el fin de clases de la sala de jardín de infantes. Apresuro el paso, Don Humberto quiere que le ayude a preparar el chancho para el almuerzo de mañana y embotellar olivas negras, llenisimas de pimienta!.

La casa es de adobe, de una planta, pintada de color rosa. Tiene una puerta de madera pequeña en la entrada. Al entrar hay un pequeño pasillo que da por una lado al patio de tierra y una galería y por otro lado, el cuarto de él, un baño y otro pasillo que lleva hacia el comedor y luego la cocina con un cuarto. Allí, donde yo voy a dormir. Al fondo hay un horno de barro, un viñedo y a la derecha el gallinero.

Al llegar, llamé en voz alta – ¡Hola! ¿ Hay alguien en casa? me sentía cansada, solo a mí se me ocurre llevar botas con tacos al pueblo y caminar diez kilómetros. El viento ya se había hecho notar y las calles de tierra no ayudaban a andar con los cabellos ordenados.

Dejé mi bolso verde sobre la cama. Era una habitación pequeña con una cama de dos plazas cubierta con una colcha peluda de color marrón. De nuevo ese sentimiento raro… se siente cómo bombea el corazón y se me hiela la sangre. Hoy habrá tormenta. Comencé a desarmar la valija para concentrarme en otra cosa cuando escuché a Humberto saludarme y sonreír . Tenía esos ojos azul profundo, pelo blanco y una piel morena curtida por tantos años de trabajo en el campo. Llevaba una campera gris, y su bastón marrón.

-Mija, ayúdame, hoy va a llover y tenemos que tapar el chancho. ¿Sabías que cuando viene el agua con rayos y viento de la montaña aparece todo tipo de animales? ¡no vaya a ser que nos coman el chancho!, expresó. Mirándolo con los ojos como un dos de oro y con mi corazón ya batiendo al máximo volvió esa sensación que no me deja dormir en esta casa.

Pasamos un buen rato acomodando las olivas en los tarros, sabían ricas. Cada vez que voy allí engordo cinco kilos comiendo todo casero y sabroso. El pan con gusto a pan y el pollo con gusto a pollo.

Comenzaron a caer unas gotas, la tierra del patio agradecida las absorbía inmediatamente. Poco a poco el sonido fue incrementando, el agua caía con ganas, mojando así, a todo el pueblo como queriéndolo hacer florecer y avivarlo. El sol se escondió tras los grises ya oscuros, casi negros como eso que no quiero ni pensar. Salí a la galería, la incipiente noche estaba por llegar. Decidí darme un baño y relajarme. Lo peor estaba por venir. Abrí la ducha cuando escuché el primer trueno. Después de una rica cena compartida que no pude disfrutar como hubiese querido me puse a lavar los platos. Cualquier actividad era buena para evitar lo que venía. Me paraliza y no podía ni hablar del sólo hecho de enfrentar esa situación. ¡Madre Santa! ¡cómo llovía!

Al entrar al cuarto hice una respiración profunda, dejo la luz prendida y me meto en la cama. Los truenos suenan como tambores de tribus, haciendo repiquetear la casita de adobe. Yo ya no puedo más, mi corazón va a estallar, un nudo en el estómago y no podía moverme. Sé que el techo de paja está encima, yo me tapo hasta la nariz.

¿Y si me agarran mientras duermo?, ¡que desesperación!, me caen lágrimas, me siento ansiosa.

Sé que están y más un día como hoy. No quiero mirar. Decido taparme toda la cara. No iba a poder dormir, lo sabía. Pensaba en diferentes alternativas, si me quedaba despierta podía controlar la situación, el ataque podía ser inminente, pero estaba cansada, el día fue largo. Decido levantarme rápido, apagar la luz y volver a la cama, dos pasos de ida, dos de vuelta, rápido, como un rayo. Volví a taparme toda con esa colcha marrón. Sé que están allí resguardadas por la paja entrelazada del techo. Yo repito ¨no me van a atacar¨, ¨no me van a atacar¨. Si las veo me paralizo.

Abro un ojo, abro el otro. Me doy cuenta que es de día. Silencio. No me muevo. Trato de mover un pie, luego el otro tratando de chequear que esté entera. Sigo tapada con la colcha. Parece que ya pasó la tormenta. Tomo coraje y miro hacia el techo de paja, siento que tengo algo en la garganta, mi abuela diría; es cagazo acumulado.

Las malditas de ocho patas me miran todas juntas y en grupo. Yo las miro. Algunas me sonríen, otras trabajan en sus telarañas entre cruzándose haciendo nubes blancas que quedan suspendidas bajo el techo. Son tantas que podrían comerme de un solo bocado. Estoy helada, no se si bajó la temperatura en el pueblo o soy yo que me siento como una presa a punto de ser descuartizada.

Deseo que hoy salga el sol.

Cuando viene tormenta, para mí, significa que ellas aparecen, en la oscuridad, como olas de negrura que perturban la noche.

La Mentira 2

Sentimos una gran desilusión ese día. Era verano y yo estaba en la villa de vacaciones disfrutando de unos días con mucho sol. La familia compartía alrededor de la pileta meriendas eternas, charlas recordando tiempos pasados, historias de viajes o algún tema de la realidad social. Uno de nuestros hijos hacía barro en un sector del patio con la manguera, otros miraban televisión, el bebé dormitaba plácidamente, y así cada uno disfrutaba a su manera. Faltaba poco para nuestro viaje, dentro de unos días nos íbamos al mar.

En un momento de la tarde me llamaste y me pediste que vayamos a caminar. Sabía que iba a ser una conversación difícil. Subí a ponerme las zapatillas, buscar una botella de agua, una visera y protector solar. Eran las cinco de la tarde y se sentía fuerte el sol. Emprendimos la caminata por la subida empedrada. ¡Uf! ¡Todo era subida!. El tema de la charla era delicado, ambas lo sabíamos. Nos dedicamos al principio a caminar en silencio contemplando el paisaje, concentradas en la respiración y en pisar bien firme sobre las piedras de ese sendero sinuoso.

Los cerros que teníamos al frente eran bajos y dejaban asomar los techos de nuevas viviendas que se estaban construyendo. El aire puro nos iba a oxigenar las ideas – pensé yo. Solo se oían nuestros pasos y el canto de las loras. Cuando ya sentía mi rostro con un leve sudor en las mejillas, comenzaste a hablar de frente y sin parar sobre lo que te había comentado este chico. Yo escuchaba atenta. Había temas que en ese instante me estaba enterando y trataba de ir hilvanando tus palabras con esta historia tan oscura, tan llena de conjeturas. Sentía que se me hervía la sangre, bronca e impotencia. Te interrumpí y te lo hice saber.

El camino se puso más estrecho e íbamos caminando una adelante y la otra detrás. El sentimiento era el mismo. Ambas pensábamos parecido sobre este tema y creo que nos hacíamos las mismas preguntas. ¿Será verdad?. Tantas posibilidades, tan pocas certezas… Esconder semejante secreto. No quería creerlo. Me pediste prudencia y así lo he hecho hasta el día de hoy. Seguí caminando en silencio, en esa historia ni ella ni yo éramos protagonistas. Era de locos, pero al mismo tiempo, no parecía tan sacado de los pelos. Ya conocíamos su personalidad. ¿Sería capaz? – me preguntaste. Somos capaces de tantas cosas, -te dije.

El sol ya se ubicaba detrás de aquella montaña, la brisa fresca era muy bienvenida. Estábamos a mitad de camino y aún seguíamos con energía para caminar con pasos constantes y a buen ritmo. Ahora me siento triste – te dije. ¿Por qué? – me preguntaste. Porque inesperadamente siento un corte, ya no hay vuelta atrás. Entiendo que cada uno hace lo que puede con su vida pero a esta altura de mi vida, ese cúmulo de pedir perdón se tornó en un desgaste. Se rompió el hilo de la confianza, estoy cansada, y quién sabe si podremos saber el final de esta historia. El personaje principal va a necesitar de mucho coraje y entereza, nosotras, solo podremos esperar y sostenerlo si ese momento llega algún día, – te dije.

Siento frío, ya estamos cerca de la casa, tendríamos que investigar, – te dije. Èl lo seguirá negando , te oí murmurar. Solo queda esperar. Se siente como desazón, ni siquiera en este instante puedo ser optimista.

Entramos a la casa con la lengua afuera. En silencio subimos a darnos un baño caliente. Nos dimos un fuerte abrazo. Abstraída aún, cavilaba sobre el asunto. Èl, fue un gran maestro, de esos que te enseñan los buenos valores como así también lo pésimo y oscuro que alguien puede ser. Es un gran aprendizaje para nuestro crecimiento el haber podido distinguir y elegir que queremos para nosotras.

Dicen que la MENTIRA tiene patas cortas y cara de hereje. La tuya es ególatra, oscura y llena de peroratas manipuladoras.