El miedo

Humberto vivía en una casa de adobe en un pueblo cercado por las sierras de Famatina en Chilecito, La Rioja. Imagínense un día gris de invierno en ese pueblo de trescientos habitantes, casas bajas, calles de tierra seca partidas por la falta de lluvia, algunos niños sentados en el cordón de la vereda sentados mirando hacia la nada misma con sus pelos alborotados. La plaza vacía con algunos juegos para chicos ya rotos donde el único sonido es del subibaja que golpetea contra el suelo al son del tac, tac,tac.

Yo camino mirando de un lado al otro, en este horario no se ve gente deambular. Siento que las personas me observan desde las ventanas de sus casas. Me pregunto: ¿ Qué dirán? ¿Será la chica de la ciudad? ,¿Qué hará a estas horas con esos tacones? Parece que es la nuera de Don Humberto escucho decir a los dos únicos hombres que vi mientras paseaba. Es la hora de la siesta y aquí es sagrada. Todo en silencio, tiendas cerradas. El cielo se va coloreando cada vez más con esos tonos grisáceos.

Continúo hacia la casa de Doña María, ella me espera con unos duraznos caseros, membrillo, aceite de oliva con aroma fuerte y con su charla amena. Huele a viento, dicen que viene lluvia. María me recibe entusiasmada, ella no duerme siesta, siempre realiza alguna actividad en su casa y es muy curiosa. La acompaño por los viñedos con el mate en mano y una bolsa que lleva chipá calentito. Viene tormenta me dice María, yo miro hacia la montaña y cambio de tema.

Después de las cinco de la tarde decido retornar a la casa de Don Humberto y me despido del marido de María que ya me ofreció por quinta vez una copa de grapa. Eso te saca todos los bichos de adentro mija, métale que le hará bien, me dice él. Yo sonrío.

Ya se siente frío, emprendo el regreso por otro camino diferente. Camino despacio mientras pienso en la tranquilidad de este sitio, son otros tiempos, otra realidad de la mía. Un escalofrío me hace estremecer. El viento comienza a hacer danzar las hojas de los sauces, se mueven de izquierda a derecha, árbol tras árbol uno al lado del otro hacen que se vea como una coreografía. Viene tormenta pero  no quiero pensar en aquello.

A lo lejos alcanzo a ver la escuela del pueblo donde se oyen vocecitas cantando, indicando el fin de clases de la sala de jardín de infantes. Apresuro el paso, Don Humberto quiere que le ayude a preparar el chancho para el almuerzo de mañana y embotellar olivas negras, llenisimas de pimienta!.

La casa es de adobe, de una planta, pintada de color rosa. Tiene una puerta de madera pequeña en la entrada. Al entrar hay un pequeño pasillo que da por una lado al patio de tierra y una galería y por otro lado, el cuarto de el, un baño y otro pasillo que lleva hacia el comedor y luego la cocina con un cuarto. Allí, donde yo voy a dormir.Al fondo hay un horno de barro, un viñedo y a la derecha el gallinero.

Al llegar, llamé en voz alta – ¡Hola! ¿ Hay alguien en casa? Me sentía cansada, solo a mi se me ocurre llevar botas con tacos al pueblo y caminar diez kilómetros. El viento ya se había hecho notar y las calles de tierra no ayudaban a andar con los cabellos ordenados.

Dejé mi bolso verde sobre la cama. Era una habitación pequeña con una cama de dos plazas cubierta con una colcha peluda de color marrón. De nuevo ese sentimiento raro… se siente cómo bombea el corazón y se me hiela la sangre. Hoy habrá tormenta. Comencé a desarmar la valija para concentrarme en otra cosa cuando escuché a Humberto saludarme y sonreír . Tenía esos ojos azul profundo, pelo blanco y una piel morena curtida por tantos años de trabajo en el campo. Llevaba una campera gris, y su bastón marrón.

-Mija, ayúdame, hoy va a llover y tenemos que tapar el chancho. ¿Sabías que cuando viene el agua con rayos y viento de la montaña aparece todo tipo de animales? ¡no vaya a ser que nos coman el chancho!, expresó. Mirándolo con los ojos como un dos de oro y con mi corazón ya batiendo al máximo volvió esa sensación que no me deja dormir en esta casa.

Pasamos un buen rato acomodando las olivas en los tarros, sabían ricas. Cada vez que voy allí engordo cinco kilos comiendo todo casero y sabroso. El pan con gusto a pan y el pollo con gusto a pollo.

Comenzaron a caer unas gotas, la tierra del patio agradecida las absorbía inmediatamente. Poco a poco el sonido fue incrementando, el agua caía con ganas, mojando así, a todo el pueblo como queriéndolo hacer florecer y avivarlo. El sol se escondió tras los grises ya oscuros, casi negros como eso que no quiero ni pensar. Salí a la galería, la incipiente noche estaba por llegar. Decidí darme un baño y relajarme. Lo peor estaba por venir. Abrí la ducha cuando escuché el primer trueno. Después de una rica cena compartida que no pude disfrutar como hubiese querido me puse a lavar los platos. Cualquier actividad era buena para evitar lo que venía. Me paraliza y no podía ni hablar del sólo hecho de enfrentar esa situación. ¡Madre Santa! ¡cómo llovía!

Al entrar al cuarto hice una respiración profunda, dejo la luz prendida y me meto en la cama. Los truenos suenan como tambores de tribus, haciendo repiquetear la casita de adobe. Yo ya no puedo más, mi corazón va a estallar, un nudo en el estómago y no podía moverme. Sé que el techo de paja está encima, yo me tapo hasta la nariz.

¿Y si me agarran mientras duermo?, ¡que desesperación!, me caen lágrimas, me siento ansiosa.

Sé que están y más un día como hoy. No quiero mirar. Decido taparme toda la cara. No iba a poder dormir, lo sabía. Pensaba en diferentes alternativas, si me quedaba despierta podía controlar la situación, el ataque podía ser inminente, pero estaba cansada, el día fue largo. Decido levantarme rápido, apagar la luz y volver a la cama, dos pasos de ida, dos de vuelta, rápido, como un rayo. Volví a taparme toda con esa colcha marrón. Sé que están allí resguardadas por la paja entrelazada del techo. Yo repito ¨no me van a atacar¨, ¨no me van a atacar¨. Si las veo me paralizo.

Abro un ojo, abro el otro. Me doy cuenta que es de día. Silencio. No me muevo. Trato de mover un pie, luego el otro tratando de chequear que esté entera. Sigo tapada con la colcha. Parece que ya pasó la tormenta. Tomo coraje y miro hacia el techo de paja, siento que tengo algo en la garganta, mi abuela diría; es cagazo acumulado.

Las malditas de ocho patas me miran todas juntas y en grupo. Yo las miro. Algunas me sonríen, otras trabajan en sus telarañas entre cruzándose haciendo nubes blancas que quedan suspendidas bajo el techo. Son tantas que podrían comerme de un solo bocado. Estoy helada, no se si bajó la temperatura en el pueblo o soy yo que me siento como una presa a punto de ser descuartizada.

Deseo que hoy salga el sol.

Cuando viene tormenta, para mí, significa que ellas aparecen, en la oscuridad, como olas de negrura que perturban la noche.