La Mentira II

Sentimos una gran desilusión ese día. Era verano y yo estaba en la villa de vacaciones disfrutando de unos días con mucho sol. La familia compartía alrededor de la pileta meriendas eternas, charlas recordando tiempos pasados, historias de viajes o algún tema de la realidad social. Uno de nuestros hijos hacía barro en un sector del patio con la manguera, otros miraban televisión, el bebé dormitaba plácidamente, y así cada uno disfrutaba a su manera. Faltaba poco para nuestro viaje, dentro de unos días nos íbamos al mar.

En un momento de la tarde me llamaste y me pediste que vayamos a caminar. Sabía que iba a ser una conversación difícil. Subí a ponerme las zapatillas, buscar una botella de agua, una visera y protector solar. Eran las cinco de la tarde y se sentía fuerte el sol. Emprendimos la caminata por la subida empedrada. ¡Uf! ¡Todo era subida!. El tema de la charla era delicado, ambas lo sabíamos. Nos dedicamos al principio a caminar en silencio contemplando el paisaje, concentradas en la respiración y en pisar bien firme sobre las piedras de ese sendero sinuoso.

Los cerros que teníamos al frente eran bajos y dejaban asomar los techos de nuevas viviendas que se estaban construyendo. El aire puro nos iba a oxigenar las ideas – pensé yo. Solo se oían nuestros pasos y el canto de las loras. Cuando ya sentía mi rostro con un leve sudor en las mejillas, comenzaste a hablar de frente y sin parar sobre lo que te había comentado este chico. Yo escuchaba atenta. Había temas que en ese instante me estaba enterando y trataba de ir hilvanando tus palabras con esta historia tan oscura, tan llena de conjeturas. Sentía que se me hervía la sangre, bronca e impotencia. Te interrumpí y te lo hice saber.

El camino se puso más estrecho e íbamos caminando una adelante y la otra detrás. El sentimiento era el mismo. Ambas pensábamos parecido sobre este tema y creo que nos hacíamos las mismas preguntas. ¿Será verdad?. Tantas posibilidades, tan pocas certezas… Esconder semejante secreto. No quería creerlo. Me pediste prudencia y así lo he hecho hasta el día de hoy. Seguí caminando en silencio, en esa historia ni ella ni yo éramos protagonistas. Era de locos, pero al mismo tiempo, no parecía tan sacado de los pelos. Ya conocíamos su personalidad. ¿Sería capaz? – me preguntaste. Somos capaces de tantas cosas, -te dije.

El sol ya se ubicaba detrás de aquella montaña, la brisa fresca era muy bienvenida. Estábamos a mitad de camino y aún seguíamos con energía para caminar con pasos constantes y a buen ritmo. Ahora me siento triste – te dije. ¿Por qué? – me preguntaste. Porque inesperadamente siento un corte, ya no hay vuelta atrás. Entiendo que cada uno hace lo que puede con su vida pero a esta altura de mi vida, ese cúmulo de pedir perdón se tornó en un desgaste. Se rompió el hilo de la confianza, estoy cansada, y quién sabe si podremos saber el final de esta historia. El personaje principal va a necesitar de mucho coraje y entereza, nosotras, solo podremos esperar y sostenerlo si ese momento llega algún día, – te dije.

Siento frío, ya estamos cerca de la casa, tendríamos que investigar, – te dije. Èl lo seguirá negando , te oí murmurar. Solo queda esperar. Se siente como desazón, ni siquiera en este instante puedo ser optimista.

Entramos a la casa con la lengua afuera. En silencio subimos a darnos un baño caliente. Nos dimos un fuerte abrazo. Abstraída aún, cavilaba sobre el asunto. Èl, fue un gran maestro, de esos que te enseñan los buenos valores como así también lo pésimo y oscuro que alguien puede ser. Es un gran aprendizaje para nuestro crecimiento el haber podido distinguir y elegir que queremos para nosotras.

Dicen que la MENTIRA tiene patas cortas y cara de hereje. La tuya es ególatra, oscura y llena de peroratas manipuladoras.