HABLANDO DE EMOCIONES

Sentada en una sillita de colores, al lado de la mesa ratona, esperaba impaciente. Estaba sola. Miraba la gran biblioteca de color madera clara y el espejo contiguo. Sus ojos recorrían las paredes. En ese lugar, ningún mueble parecía hecho a medida de un adulto. El mobiliario era colorido. Había juegos de mesa prolijamente superpuestos en los estantes de la biblioteca. Se preguntaba si a ese lugar irían otros chicos también. De repente se abrió la puerta y una mujer la saludo muy dulcemente. Hola bienvenida, ¿cómo estás? Esa vez, pintaron. La siguiente, jugaron al Misterio ¡Cómo le gustaba ese juego! Ya la tercera, leyeron un cuento.

 Esa nena sufría mucho. Sentía mucho dolor. No quería ir a la escuela. Soñaba que no iba, que podía quedarse a jugar en su casa. Le costaba entender el por qué. Por qué era rechazada, ignorada. Condenada a la indiferencia, burlada. Comenzó a pensar que algo malo tenía, que algo estaba mal con ella. Que estaba mal ser más alta que el resto, ser morocha, ser flaca. Que estaba mal usar los lápices del año anterior, ir en bicicleta al colegio, no tener esa mochila. Que estaba mal ser distinta. Intentó entonces parecerse lo más posible a aquello que aparentemente tenía valor. Quiso adaptarse, pertenecer. Quiso que la quieran, que la respeten, que la escuchen. Comenzó a construirse. O quizás a destruirse. Se olvidó de aquella niña feliz que era. De aquella niña que se divertía juntando semillas y plantándolas, pensándose jardinera. Se olvidó completamente de aquella niña curiosa, ruidosa, llena de inocencia.  Se olvidó todo eso. Se olvidó de sí misma y podó, bruscamente, los brotes de una flor que comenzaban a amanecer.

 Una tarde, casi quince años después, aquella niña espera impaciente. Mira de reojo, casi sin moverse, el escritorio que la separa de la otra silla, la planta que decora el rincón, los tres cuadros prolijamente colgados, el reloj que, al lado del monitor, le da la espalda. Piensa que ahora los muebles, son muebles para adultos. No hay mesas ni sillas de colores, no hay juegos apilados ni grandes bibliotecas. De repente, se abrió la puerta. Hola ¿cómo estás? Dijo dulcemente la mujer que irrumpió en la sala. Esta vez no pintaron, ni jugaron, ni leyeron. ¿Qué te trae por acá? Preguntó.

Quiero recordar quien soy. Dijo y lloró.

 

Eugenia N.

Gracias Eugenia!

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s