La Usura Afectiva

 Hablemos de amores buitres o de esos amores que piden algo (mucho) a cambio, con intereses muchas veces usurarios, malversando lo que significa el compartir amoroso. Hay una mirada casi bancaria sobre el amor, que no hace bien a los vínculos, porque en el amor el mismo hecho de dar ya paga, a diferencia del concepto de préstamo, que requiere que quien recibió devuelva aquello recibido.

Los “usureros del amor” dan, pero no. Son, por ejemplo, esos padres que suelen enrostrar a sus hijos todo lo que hicieron por ellos, sin tener en cuenta que es imposible para un hijo devolver lo que recibió por parte de quienes le dieron la vida. El diseño de la vida está hecho para que esos hijos, en el futuro, hagan circular el amor de sus padres ofreciéndolo a sus propios hijos, sin quedar rehenes de los “intereses usurarios” de quienes pretenden hacerles “devolver” lo impagable. En el amor, convengamos, no se devuelve; en todo caso se agradece, se honra y se ofrece amor nuevo y fecundo a quien nos da algo que es mucho más que un bien tangible y cuantificable.

Vemos muchas situaciones dramáticas dentro de esta habitual “usura afectiva” que nos hace recordar que por algo la usura es un delito, ya que abusa del poder y desangra al que cae bajo su pretensión. “Tantas noches te cuidé, y vos te vas”, puede decir una madre despechada y posesiva, clavando el puñal de la culpa al hijo que desea independizarse y crecer. La ecuación se torna imposible, salvo que el hijo renuncie a la propia vida. La natural tendencia de los seres humanos a honrar las deudas juega en contra en esos casos, ya que inhibe percibir que la verdadera deuda es con la vida, con un valor fecundo, y no con una idea del dar que amputa el crecimiento, disfrazando de pretensión moral lo que es puro egoísmo y afán de dominio.

En las parejas pasa algo parecido cuando vienen las listas de lo que se dio y lo que se recibió en la relación, en clave de que hay que devolver aquella deuda contraída. De hecho, a veces vale desconfiar de algunos ofrecimientos que, sin ser declarados como tales, son pagarés emitidos que obligan a una devolución futura con intereses incluidos. En esos casos, las personas se unen por la deuda, no por el amor. Es que la deuda así vivida, insisto, genera dominio, y, sabemos, algunas parejas confían en que lo que los une es la capacidad de controlar al otro.

Dar y recibir se unen en un mismo verbo: compartir. Allí no hay deuda, todo es abundancia, y, desde esa abundancia, el amor se vive como lo que es: pura libertad sobre la cual tallamos nuestro destino sin deberle nada a nadie, pero llenos de gratitud por lo que vivimos cuando nos animamos a querer.

“Contra los valores afectivos no valen razones, porque las razones no son nada más que razones, es decir, ni siquiera verdad.”

Miguel de Unamuno.

La Lluvia

Tiene algo especial la lluvia.

Un tono melancólico pero a la vez cada gota revitaliza, renueva.

Caminando bajo la lluvia estoy, sintiendo que cada gota que absorbe mi piel despeja todos mis miedos, todas mis dudas y a la vez nos regala siluetas surcadas por el agua que dan ganas de abrazar, de poseer.

No Es No

Testimonio de una amiga

#miracomonosponemos #abuso

#miracomonosponemos

A todos mis amigos y amigas:

Me atrevo a escribir esto porque es evidente que hay cosas que todavía como sociedad nos cuesta asimilar. Voy a abrir este cajón y voy a sacar mi historia y pedirle así a mis amigas, compañeras, colegas y conocidas que empecemos a mirar con otros ojos esta realidad que ya nos tapa el cuello y que nos animemos a contar. Les pido por favor que ayudemos a visualizar esto, que mostremos que no sólo les pasa a las actrices, sino que es algo que viene pasando desde siempre en las familias, en las escuelas y en lugares de trabajo y que tantos años de silencio solo ayudaron a naturalizar algo que es una aberración.

A los 13 años comencé a viajar en el 122 desde Lugano a Flores para ir al colegio. No puedo contabilizar las veces que me tocaron el culo a las 7 de la mañana. No me rozaban, me metían la mano. La primera vez lloré en silencio, no sabía que tenía que hacer, hacía poco que viajaba sola y no sabía si estaba bien o no decir algo. Una vez, iba con mi madre y la tocaron a ella. Mi vieja, pobre, lo enfrentó y le gritó adelante de todo el mundo y el muy descarado le espetó “callate que te gusta”. A partir de ese ejemplo, me hice valiente y comencé a gritarles cuando me tocaban. Conviví con eso durante toda la secundaria. Cuando culminé mis estudios, nunca más me subí a un colectivo, razón por la que hasta el día de hoy me cargan todos mis amigos.”Tenes el culo de oro”, suelen decirme. “No, simplemente me lo gastaron”. Ya en quinto año, fuimos varias chicas a un baile en Gimnasia y Esgrima de Villa del Parque y nos tocaron tanto el culo que nos teníamos que sentar porque no se podía bailar ni esperar a que te inviten a la pista en un lugar seguro.

Nunca le tuve miedo a los hombres, tal vez por haber tenido experiencias desagradables desde muy chica.

En el 90 trabajaba en una radio muy importante. Sus dueños eran dos señores muy reconocidos profesionalmente. Uno de ellos, tenía la costumbre de acosar mujeres. En una oportunidad la víctima era la recepcionista de la radio, cuyo nombre no recuerdo. Se negaba todo el tiempo a sus reiteradas insinuaciones en las que le prometía que si salía con el tendría un ascenso asegurado. Ella ya no podía más y fue a la fiesta de fin de año de la radio acompañada por su novio. La fiesta fue un viernes. El lunes la despidió. Toda la radio lo sabía. En un oportunidad, este señor me llamó a su despacho. Subí y cuando entré cerró con llave y me arrinconó contra la puerta y se me tiró encima directo al cuello. Grité y lo empujé, abrí la puerta y bajé temblando, descompuesta. Mi jefe, que seguro va a leer esto, me contuvo y a partir de ese momento fue quien me cuidó. Mi miedo era que me echara pero no lo hizo, tal vez porque no lo provoqué mostrándole un novio, yo en ese momento estaba sola. A partir de ese día, cuando el susodicho llegaba a las seis de la tarde, el señor de seguridad me avisaba y mientras él subía por el ascensor, yo bajaba corriendo por las escaleras y me quedaba en un bar de la vuelta, el viejo Pink Gin, hasta que mi jefe me traía el tapado y la cartera. Estuve así unos meses hasta que conseguí trabajo en otra radio muy importante.

En 1994, una de las estrellas de la radio del momento, me volvía loca para ir a tomar un café con el. Me mandaba siempre mensajes a través de una persona que era su alcahuete y no me dejaba en paz.Hasta que un día lo encontré en el café al lado de la radio y le dije de manera muy educada que no me gustaba lo que hacía, que él era lo suficientemente importante y talentoso como para comportarse así y a partir de ese momento nunca más me molestó. Varias veces lo crucé en otros medios y nos tratamos siempre con mucho respeto. Igualmente sé que le están cocinando varias denuncias.

Luego, comencé a trabajar en el Estado y si bien no me acosaron sexualmente conocí el mobbing y el maltrato por cuestiones políticas hasta que me despidieron pero también debo decir que hasta la llegada de La Cámpora tuve la suerte de tener jefes y compañeros maravillosos.

A mis amigos hombres que hoy se sienten avasallados por las denuncias, quiero decirles que esto no es nuevo. Que muchisimas mujeres hemos sido víctimas de acoso, de preguntas desubicadas, de chistes desagradables que atentan contra la dignidad de las mujeres. Y ni hablar de los apodos que me ponían por el tamaño de mis tetas.

Se que cuesta digerirlo, y eso no nos hace enemigos, sólo les pedimos, que nos escuchen sin juzgar, que traten de quitarse el chip “yo no le creo” o “busca fama”. Yo no necesito fama, no necesito nada y lo tengo superado porque de alguna manera se me encalló, lo curé, usé toda mi resiliencia disponible porque no había elementos como ahora para decir, para denunciar.

Solo necesitamos que cambien la mirada, que nos vean con empatía, nos escuchen, nos contengan, no nos juzguen y nos quieran.

Gracias Sandra Votta por tu testimonio .

La Casa de 9 de Julio

Aquí les comparto un texto de una de mis lectoras Silvina Quiroga, que lo disfruten .
Desde chica llegábamos a Capital en auto. Yo apoyaba el mentón en el marco de la ventanilla para así poder divisar mejor esa única casa. Si, esa casa, la única en pleno centro, al lado del obelisco, sobre los edificios.
Me preguntaba si alguien la habría visto antes, años y años emocionándome al ver que en pleno centro había una casa e imaginaba ¿quién viviría ahí?, ¿Cuál sería su historia? ¿Ves que se puede vivir en casa en plenísima Capital?

Recuerdo una vez haberles dicho de esa casa a mi familia y que mis hermanos se burlaran de mí, diciéndome que no podía haber una casa al lado del obelisco. No me creyeron hasta que un día la descubrieron en nuestro rápido pasar.

Tengo en mi memoria, que en el Obelisco se celebró la llegada de la democracia con Alfonsín. Recuerdo haberlo visto pintado con aersoles y luego arreglado y enrejado. Recuerdo cruzar siempre esa gran avenida con terror a que me pisara un auto. Luego terror a los piropos obscenos mientras caminaba hacia ese gran McDonald’s, de regreso de la facultad, para comer alguna hamburguesa con queso, ya que el camino a casa sería largo.

Recuerdo ver desde chica mujeres, o más bien nenas, con un bebé, seguro su hijo, en brazos pidiendo, así como la caricia en la mano de ese pibe de 12 años para robarme el #Startac. Lo llevaba en la mano para marcar un número y contar que tenía miedo a un vagundo que se me acercaba demasiado. No supe qué hacer hasta que de repente me encontré corriendo detrás de este pibe a pasos agigantados por lo injusto de la situación. Recuerdo verlo perderse en una gran plaza y que la policía me dijera, sin más, que hacia allá huían todos. Me decía que ellos nada podían hacer, mientras la recorreríamos para que yo identificara al pibe.

Recuerdo mi promesa de evitar esa zona, cuya avenida cruzaba corriendo por que me gustaba ir a la facultad, a pie, para evitar el subte abarrotado de gente.

Recuerdo regresar de la facultad con una piedra en la cartera, porque a Ranelagh llegaba de noche, a un barrio poco iluminado de una avenida Sevilla vacía de gente y de autos. Recuerdo haber cruzado esa ancha, vacía y oscura avenida de mi barrio corriendo a más no poder, porque un tipo me seguía; uno que salía de la cortada oscura desde donde escuchaba sus pasos, oculto para acecharme. Bloqueó mi camino con su bici diciéndome yo que sé. Corrí hacia la luz del kiosco con este tipo de aspecto desagradable corriéndome detrás. Luego me contarían que ese muchacho por ahí habría pasado mirando todo y mirando a su nena que estaba ahí parada en el kiosco.

Recuerdo mi mochilita donde llevaba esa piedra por miedo a que un hombre me molestara en la calle, recuerdo agarrarla fuerte y abrazar la piedra con mis dedos mientras caminaba de regreso de la facu con la patrulla con 2 policías dándole toques a la sirena y diciéndome obscenidades, que yo evitaba escuchar, caminando, mirando al frente y temiendo reaccionar y que algo me hicieran.

Un día escapé del microcentro invadida por el stress de esa ciudad y no quise regresar más.

Pero el destino me llevó a un día regresar. Regresar a ese punto neurálgico por tener un interés altísimo en tomar clases de stand-up en el teatro del locutorio. Un pequeño teatro hacia el final del pasillo de un locutorio, a media cuadra del obelisco, bajando una oscura escalera; animándome a bajar por que una conocida me había recomendado ese curso al que ella también fue.

Ahí fui 6 meses parándome en el escenario con mis relatos, hablando, pretendiendo reírme de mi misma. Logrando hablar mucho, sí, pero sin poderme escapar de la narrativa, o lograr principalmente poder reírme de mi misma.

Enfrenté mis miedos, fui con miedo cruzando esa gran avenida. Estuve en el escenario de lo que uno veía en los noticieros.
Salí de las clases y vi la casa, ¿quién viviría ahí? ¿Cuál sería su historia? El profesor nos dijo que “no hagamos puerta”, no era una zona segura.

Vi el obelisco cambiar de colores y la casa iluminada en colores detrás. ¿Cómo se vería el obelisco desde sus ventanas? ¿Se vería una ciudad pacífica?

Ví a los de boca ó los de river/ a las de verde y de azul/ a los piqueteros con sus caras tapadas, palos en sus manos enfrentados a la pobre policía envalentonada con sus escudos en alto. De esa casa imagino, sólo se vería un mundo de colores bailar entramado con los colores intensos de los jacarandá en flor.

Y cada noche llegaba casi corriendo, abrazada a mi cartera, mirando hacia los costados atenta y exhalando profundo esos miedos antes de entrar. Otra vez me animé a las 7 o 10 de la noche correr apresurada, aunque llegara temprano por esa zona tan emblemática que en una postal o desde esa casa en lo alto se vería emblemática, señorial, rodeada de colores bailando de felicidad. De allí no se veían los colores rivales ni se escuchaban los petardos y banderas escritas, ni se veían los robos ni la piedra en mi cartera.

En seis meses aprendí un montón no sólo de las estructuras del stand-up, sino a no temerle “tanto” a esa zona, a cruzar sin correr ni pegarme a gente que me inspiraría seguridad y confianza. No temerle a las miradas de un hombre dándole pitadas a alguna yerba enroscada en un cigarrilo armado. No temer a las protestas, ni preguntarme ya qué hacían los camiones de canales de tv apostados sobre la plaza filmando en todas las direcciones. A no temerle a las hinchadas de Boca o de River. Pero si bien mis temores se apaciguaron, dejé mis clases de stand-up, de hablar en un micrófono sintiéndome pez en el agua. Es que aún no lograba hacer click con las cientos de hojas de material escritas, sentía no era momento de reírme de mi misma ni develar mis miedos por cruzar esa gran avenida. Pero había miedo instalado en mis entrañas de ese lugar aunque no me hubiera pasado jamás nada grave. Sentía ese cruzar como ponerme en riesgo totalmente innecesario y ya me hartaba de ver que todas las mujeres del grupo, por razones inentendibles, dejaran de ir también.

Ayer volví para ver la demo de la muestra de mis compañeros, los había extrañado, a mi profe también y al teatrito de cortinas rojas con sus risas por sobre todo. Por supuesto a esas caripelas las recordaba, sin entender, ¿cómo habría pasado 30 veces por esas veredas en la oscura noche?

Ese día el 59 no llegó a la 9 de julio, desviado por el movimiento de #TodosPorLucia , una chica apaleada y violada por un tipo que quedó libre por visitarla con una Cindor y no recuerdo qué otra golsina, muy inocente su visita para ser considerado un violador; consideró aquel hombre, el juez, el que tiene la última palabra.

Regreso, rodeada de mujeres con sus pañuelos verdes defendiendo a Lucía que ya se fue, con el calendario feminista de Victoria Morete en mi cartera reemplazando esa piedra que en realidad había sido regalo de mi amiga firmado por ella para representar nuestra amistad. Esa piedra que yo estaba dispuesta a usar en legítima defensa.

No soy verde, no soy azul, ni de ningún color, no puedo concebir el aborto salvo que se haga por una violación. Mi amor por los bebés sanos, no sanos, esperados ó no esperados pero bebés en fin, no son culpables de un “se me escapó quedar embarazada”. No soy verde, no soy azul pero si pido por #NiunaMenos Estoy en contra del machismo, odio haber tenido miedo toda la vida por ser mujer y odio estar contenta por no estar más en el rango de edad que pueda ser apetecible por un pibe sin educación, sin límites

sin escrúpulos.
Me parece injusto que no me sienta protegida por la policía, no me siento segura en una zona emblemática y tema hoy por mi hija cuando crezca. Sé que debo mantenerla atenta pero no transmitirle los miedos del ser mujer y no tener derechos a caminar sin escuchar palabras desmesuradas de un hombre calentón, estar atenta para evitar el toqueteo en un boliche y andar libre por la vida, tan libre como estos tipitos enfermos de mentalidad.

#LaCasaDe9DeJulio #TodosPorLucia

Sil Quiroga

Un Amigo Cómplice

Café de por medio, salidas nocturnas, caminatas, noches largas, reír a carcajadas, llorar desconsoladamente, abrazos de oso, largos mensajes por whatsapp que en alguna época no tan lejana eran cartas escritas en papel, vacaciones compartidas, secretos, contarte mi primer beso o mis proyectos, contar anécdotas, momentos de enojo, de dudas, de miedos y momentos de despedidas…. cuántos momentos que hemos pasado.

A lo largo de la vida frecuentamos varios grupos de amistades, desde que somos niños nos preguntan ¿Quién es tu mejor amigo/a?, nuestros padres se involucran en nuestras relaciones con nuestros pares tratando de cuidar nuestros vínculos, queriendo  que conectemos con personas que tengan valores parecidos. A veces rotulamos demasiado, en vez de dejar que sea lo que será.

Somos energía entiendo hoy, y sé que vamos vibrando de manera dispar. Conectamos a veces con personas de manera profunda y hasta irracional pudiendo compartir a lo largo de la vida o tan solo una o dos veces para luego desvincularnos en una noche de verano como si nada hubiese pasado y seguimos adelante por nuestro camino sinuoso codeándonos con personas sorprendentes, enigmáticas, atractivas, sombrías, amorosas, otras tantas incomprensibles, lejanas, y hasta desconocidas. Nos conectamos con la palabra, en distintos idiomas, a través de nuestro lenguaje corporal, desde esas miradas sostenidas que lo dicen todo, desde el corazón y a veces desde la ira.

He llegado a compartir momentos íntimos con personas elegidas y sin embargo, nunca pude conectar desde lo profundo. He viajado mucho y tengo amigos y conocidos en muchos lugares y he tenido que soportar durísimas despedidas. Con muchos de ellos vivencié historias de vida complejas, y aunque la distancia física provoque cierto tipo de dilatación, al volver a conectar aunque sea vía telefónica aflora esa sensación plena de estar hablando con ese alguien que te conoce la voz, que siente lo que uno siente, que no hace falta justificar ni juzgar, que escucha y que trasmite cotideaneidad.

¿Cómo nos conectamos hoy con las relaciones de amistad y familiares? Es una buena pregunta porque vamos cambiando de posición frente a diversos comportamientos y actitudes. A todos nos pasa. Queremos vernos más seguido pero también es porque vamos priorizando otros asuntos. Ponemos excusas de no tener tiempo, de que hay mucho tráfico, de que el clima no es el apropiado, los hijos, las parejas y así, tantos peros. ¿Son excusas? -me pregunto. Algunos vamos teniendo claro que decir no quiero verte hoy, significa que tengo más ganas de estar conmigo que contigo. La coherencia, la flexibilidad, la generosidad, el agradecimiento y la lealtad son otros valores a tener en cuenta para consolidar una relación de amistad.

A veces, al tomar distancia con algún familiar cuesta volver a entablar una relación ya que pasamos a desconocernos en algún punto. Querer que el otro relate sus sentimientos va a requerir que nos sentemos nuevamente a contar quienes somos, qué cosas sentimos y desde allí poder construir nuevamente otra conexión basada en la entrega, la confianza sin límites, la paciencia, el respeto, el afecto mutuo y el saber perdonar resignificando así esa nueva conducta que se genera entre dos o varios. Y también en las relaciones familiares si la confianza se destruye podemos dar un paso al costado y sin llegar a tener un trato soez,  poder elegir de qué manera vincular.

Vamos caminando por nuestro camino a veces acompañados por la misma persona, en otros momentos rodeados de gente, algunos van quedando en el camino y nos han dejado mucho aprendizaje o una gran lección. Quizás no volveremos a verlos, pero siguen estando en nuestro recuerdo.

Soy ingenua,  siempre he creído en los demás.  En general confío en las personas, aprendo sin experimentar todo, pues no lo veo necesario. Fácilmente  conozco a la gente porque tengo el don de saber cómo son, y muy pocas veces me he equivocado.

Debe ser porque estoy aprendiendo a ser una mujer madura y cursi a ratos. Sí, cursi porque dentro de mí está mi niña interior, mi adolescente impulsiva y  mi experiencia de vida. Quiero estar con alguien importante,  que me dé un antes y un después: antes de conocerte, cuando te llegue a conocer, bien o muy bien, tus gustos, tus sueños, tus planes para el futuro. Lealtad.  Quiero sinceridad, confiar en el otro, tener mi  mejor confidente, el que sepa guardar secretos, que me escuche sin juzgarme,  que  me abrace sin  exigir nada a cambio. Que me conozca sin criticarme, que tenga la fuerza para decirme las cosas que no le gustan de mí y yo tener la cordura para escuchar, mismo no este de acuerdo. Estar presente sin estarlo, en la distancia, con los pensamientos de alegría y buena vibra. Que tenga una palabra amable, una sonrisa, una risa, una oración cuando estamos mal, un llamado de atención cuando sea necesario. Que sea mi cómplice al viajar, caminar, correr, volar, leer un libro, ver una película, caminar por la playa, por la montaña, hasta tomar una simple taza de café en el momento que se pueda.

Quiero vivir, solo quiero un cómplice.  Un amigo cómplice.

Amistades

Semana que vengo reflexionando en el nuevo tema de escritura para el taller.

Las relaciones de amistad o familiares.

Recuerdo que desde que somos niños nos preguntan ¿Quien es tu mejor amigo/a? Como si tuviéramos que clasificar, etiquetar toda relación, cuando lo importante es que si se da, dejémosla ser y hacerla crecer y si no continúa será porque así tiene que ser.

En el camino personal de cada uno cabe preguntarse cuánto forzamos a veces la dirección de un vínculo.

Somos energía y vibramos diferente, a veces hay conexiones que se tocan una vez, otras en algunos momentos de nuestra vida, muchas veces vibramos a la par durante años. Lo mismo con la familia, vamos evolucionando diferente.

Me pregunto cómo nos vemos reflejados en las amistades.

¿Cómo me vinculo ahora?

Resignificar algunas relaciones.

Sigo reflexionando 🤔. Seguramente en un café rodeada de gente, con ese murmullo especial que en algún momento dejo de escucharlo me inspiraré y escribiré sobre este gran tema. Suelo inspirarme más al estar rodeada de gente observando miradas, gestos, mirando hacia adelante pero a nada en particular. Y si es en soledad con alguna música de fondo .

#emociones #amistad #familia #tallerdeescriturayreflexion #caminodelhéroe #relatos