No Es No

Testimonio de una amiga

#miracomonosponemos #abuso

#miracomonosponemos

A todos mis amigos y amigas:

Me atrevo a escribir esto porque es evidente que hay cosas que todavía como sociedad nos cuesta asimilar. Voy a abrir este cajón y voy a sacar mi historia y pedirle así a mis amigas, compañeras, colegas y conocidas que empecemos a mirar con otros ojos esta realidad que ya nos tapa el cuello y que nos animemos a contar. Les pido por favor que ayudemos a visualizar esto, que mostremos que no sólo les pasa a las actrices, sino que es algo que viene pasando desde siempre en las familias, en las escuelas y en lugares de trabajo y que tantos años de silencio solo ayudaron a naturalizar algo que es una aberración.

A los 13 años comencé a viajar en el 122 desde Lugano a Flores para ir al colegio. No puedo contabilizar las veces que me tocaron el culo a las 7 de la mañana. No me rozaban, me metían la mano. La primera vez lloré en silencio, no sabía que tenía que hacer, hacía poco que viajaba sola y no sabía si estaba bien o no decir algo. Una vez, iba con mi madre y la tocaron a ella. Mi vieja, pobre, lo enfrentó y le gritó adelante de todo el mundo y el muy descarado le espetó “callate que te gusta”. A partir de ese ejemplo, me hice valiente y comencé a gritarles cuando me tocaban. Conviví con eso durante toda la secundaria. Cuando culminé mis estudios, nunca más me subí a un colectivo, razón por la que hasta el día de hoy me cargan todos mis amigos.”Tenes el culo de oro”, suelen decirme. “No, simplemente me lo gastaron”. Ya en quinto año, fuimos varias chicas a un baile en Gimnasia y Esgrima de Villa del Parque y nos tocaron tanto el culo que nos teníamos que sentar porque no se podía bailar ni esperar a que te inviten a la pista en un lugar seguro.

Nunca le tuve miedo a los hombres, tal vez por haber tenido experiencias desagradables desde muy chica.

En el 90 trabajaba en una radio muy importante. Sus dueños eran dos señores muy reconocidos profesionalmente. Uno de ellos, tenía la costumbre de acosar mujeres. En una oportunidad la víctima era la recepcionista de la radio, cuyo nombre no recuerdo. Se negaba todo el tiempo a sus reiteradas insinuaciones en las que le prometía que si salía con el tendría un ascenso asegurado. Ella ya no podía más y fue a la fiesta de fin de año de la radio acompañada por su novio. La fiesta fue un viernes. El lunes la despidió. Toda la radio lo sabía. En un oportunidad, este señor me llamó a su despacho. Subí y cuando entré cerró con llave y me arrinconó contra la puerta y se me tiró encima directo al cuello. Grité y lo empujé, abrí la puerta y bajé temblando, descompuesta. Mi jefe, que seguro va a leer esto, me contuvo y a partir de ese momento fue quien me cuidó. Mi miedo era que me echara pero no lo hizo, tal vez porque no lo provoqué mostrándole un novio, yo en ese momento estaba sola. A partir de ese día, cuando el susodicho llegaba a las seis de la tarde, el señor de seguridad me avisaba y mientras él subía por el ascensor, yo bajaba corriendo por las escaleras y me quedaba en un bar de la vuelta, el viejo Pink Gin, hasta que mi jefe me traía el tapado y la cartera. Estuve así unos meses hasta que conseguí trabajo en otra radio muy importante.

En 1994, una de las estrellas de la radio del momento, me volvía loca para ir a tomar un café con el. Me mandaba siempre mensajes a través de una persona que era su alcahuete y no me dejaba en paz.Hasta que un día lo encontré en el café al lado de la radio y le dije de manera muy educada que no me gustaba lo que hacía, que él era lo suficientemente importante y talentoso como para comportarse así y a partir de ese momento nunca más me molestó. Varias veces lo crucé en otros medios y nos tratamos siempre con mucho respeto. Igualmente sé que le están cocinando varias denuncias.

Luego, comencé a trabajar en el Estado y si bien no me acosaron sexualmente conocí el mobbing y el maltrato por cuestiones políticas hasta que me despidieron pero también debo decir que hasta la llegada de La Cámpora tuve la suerte de tener jefes y compañeros maravillosos.

A mis amigos hombres que hoy se sienten avasallados por las denuncias, quiero decirles que esto no es nuevo. Que muchisimas mujeres hemos sido víctimas de acoso, de preguntas desubicadas, de chistes desagradables que atentan contra la dignidad de las mujeres. Y ni hablar de los apodos que me ponían por el tamaño de mis tetas.

Se que cuesta digerirlo, y eso no nos hace enemigos, sólo les pedimos, que nos escuchen sin juzgar, que traten de quitarse el chip “yo no le creo” o “busca fama”. Yo no necesito fama, no necesito nada y lo tengo superado porque de alguna manera se me encalló, lo curé, usé toda mi resiliencia disponible porque no había elementos como ahora para decir, para denunciar.

Solo necesitamos que cambien la mirada, que nos vean con empatía, nos escuchen, nos contengan, no nos juzguen y nos quieran.

Gracias Sandra Votta por tu testimonio .

La Casa de 9 de Julio

Aquí les comparto un texto de una de mis lectoras Silvina Quiroga, que lo disfruten .
Desde chica llegábamos a Capital en auto. Yo apoyaba el mentón en el marco de la ventanilla para así poder divisar mejor esa única casa. Si, esa casa, la única en pleno centro, al lado del obelisco, sobre los edificios.
Me preguntaba si alguien la habría visto antes, años y años emocionándome al ver que en pleno centro había una casa e imaginaba ¿quién viviría ahí?, ¿Cuál sería su historia? ¿Ves que se puede vivir en casa en plenísima Capital?

Recuerdo una vez haberles dicho de esa casa a mi familia y que mis hermanos se burlaran de mí, diciéndome que no podía haber una casa al lado del obelisco. No me creyeron hasta que un día la descubrieron en nuestro rápido pasar.

Tengo en mi memoria, que en el Obelisco se celebró la llegada de la democracia con Alfonsín. Recuerdo haberlo visto pintado con aersoles y luego arreglado y enrejado. Recuerdo cruzar siempre esa gran avenida con terror a que me pisara un auto. Luego terror a los piropos obscenos mientras caminaba hacia ese gran McDonald’s, de regreso de la facultad, para comer alguna hamburguesa con queso, ya que el camino a casa sería largo.

Recuerdo ver desde chica mujeres, o más bien nenas, con un bebé, seguro su hijo, en brazos pidiendo, así como la caricia en la mano de ese pibe de 12 años para robarme el #Startac. Lo llevaba en la mano para marcar un número y contar que tenía miedo a un vagundo que se me acercaba demasiado. No supe qué hacer hasta que de repente me encontré corriendo detrás de este pibe a pasos agigantados por lo injusto de la situación. Recuerdo verlo perderse en una gran plaza y que la policía me dijera, sin más, que hacia allá huían todos. Me decía que ellos nada podían hacer, mientras la recorreríamos para que yo identificara al pibe.

Recuerdo mi promesa de evitar esa zona, cuya avenida cruzaba corriendo por que me gustaba ir a la facultad, a pie, para evitar el subte abarrotado de gente.

Recuerdo regresar de la facultad con una piedra en la cartera, porque a Ranelagh llegaba de noche, a un barrio poco iluminado de una avenida Sevilla vacía de gente y de autos. Recuerdo haber cruzado esa ancha, vacía y oscura avenida de mi barrio corriendo a más no poder, porque un tipo me seguía; uno que salía de la cortada oscura desde donde escuchaba sus pasos, oculto para acecharme. Bloqueó mi camino con su bici diciéndome yo que sé. Corrí hacia la luz del kiosco con este tipo de aspecto desagradable corriéndome detrás. Luego me contarían que ese muchacho por ahí habría pasado mirando todo y mirando a su nena que estaba ahí parada en el kiosco.

Recuerdo mi mochilita donde llevaba esa piedra por miedo a que un hombre me molestara en la calle, recuerdo agarrarla fuerte y abrazar la piedra con mis dedos mientras caminaba de regreso de la facu con la patrulla con 2 policías dándole toques a la sirena y diciéndome obscenidades, que yo evitaba escuchar, caminando, mirando al frente y temiendo reaccionar y que algo me hicieran.

Un día escapé del microcentro invadida por el stress de esa ciudad y no quise regresar más.

Pero el destino me llevó a un día regresar. Regresar a ese punto neurálgico por tener un interés altísimo en tomar clases de stand-up en el teatro del locutorio. Un pequeño teatro hacia el final del pasillo de un locutorio, a media cuadra del obelisco, bajando una oscura escalera; animándome a bajar por que una conocida me había recomendado ese curso al que ella también fue.

Ahí fui 6 meses parándome en el escenario con mis relatos, hablando, pretendiendo reírme de mi misma. Logrando hablar mucho, sí, pero sin poderme escapar de la narrativa, o lograr principalmente poder reírme de mi misma.

Enfrenté mis miedos, fui con miedo cruzando esa gran avenida. Estuve en el escenario de lo que uno veía en los noticieros.
Salí de las clases y vi la casa, ¿quién viviría ahí? ¿Cuál sería su historia? El profesor nos dijo que “no hagamos puerta”, no era una zona segura.

Vi el obelisco cambiar de colores y la casa iluminada en colores detrás. ¿Cómo se vería el obelisco desde sus ventanas? ¿Se vería una ciudad pacífica?

Ví a los de boca ó los de river/ a las de verde y de azul/ a los piqueteros con sus caras tapadas, palos en sus manos enfrentados a la pobre policía envalentonada con sus escudos en alto. De esa casa imagino, sólo se vería un mundo de colores bailar entramado con los colores intensos de los jacarandá en flor.

Y cada noche llegaba casi corriendo, abrazada a mi cartera, mirando hacia los costados atenta y exhalando profundo esos miedos antes de entrar. Otra vez me animé a las 7 o 10 de la noche correr apresurada, aunque llegara temprano por esa zona tan emblemática que en una postal o desde esa casa en lo alto se vería emblemática, señorial, rodeada de colores bailando de felicidad. De allí no se veían los colores rivales ni se escuchaban los petardos y banderas escritas, ni se veían los robos ni la piedra en mi cartera.

En seis meses aprendí un montón no sólo de las estructuras del stand-up, sino a no temerle “tanto” a esa zona, a cruzar sin correr ni pegarme a gente que me inspiraría seguridad y confianza. No temerle a las miradas de un hombre dándole pitadas a alguna yerba enroscada en un cigarrilo armado. No temer a las protestas, ni preguntarme ya qué hacían los camiones de canales de tv apostados sobre la plaza filmando en todas las direcciones. A no temerle a las hinchadas de Boca o de River. Pero si bien mis temores se apaciguaron, dejé mis clases de stand-up, de hablar en un micrófono sintiéndome pez en el agua. Es que aún no lograba hacer click con las cientos de hojas de material escritas, sentía no era momento de reírme de mi misma ni develar mis miedos por cruzar esa gran avenida. Pero había miedo instalado en mis entrañas de ese lugar aunque no me hubiera pasado jamás nada grave. Sentía ese cruzar como ponerme en riesgo totalmente innecesario y ya me hartaba de ver que todas las mujeres del grupo, por razones inentendibles, dejaran de ir también.

Ayer volví para ver la demo de la muestra de mis compañeros, los había extrañado, a mi profe también y al teatrito de cortinas rojas con sus risas por sobre todo. Por supuesto a esas caripelas las recordaba, sin entender, ¿cómo habría pasado 30 veces por esas veredas en la oscura noche?

Ese día el 59 no llegó a la 9 de julio, desviado por el movimiento de #TodosPorLucia , una chica apaleada y violada por un tipo que quedó libre por visitarla con una Cindor y no recuerdo qué otra golsina, muy inocente su visita para ser considerado un violador; consideró aquel hombre, el juez, el que tiene la última palabra.

Regreso, rodeada de mujeres con sus pañuelos verdes defendiendo a Lucía que ya se fue, con el calendario feminista de Victoria Morete en mi cartera reemplazando esa piedra que en realidad había sido regalo de mi amiga firmado por ella para representar nuestra amistad. Esa piedra que yo estaba dispuesta a usar en legítima defensa.

No soy verde, no soy azul, ni de ningún color, no puedo concebir el aborto salvo que se haga por una violación. Mi amor por los bebés sanos, no sanos, esperados ó no esperados pero bebés en fin, no son culpables de un “se me escapó quedar embarazada”. No soy verde, no soy azul pero si pido por #NiunaMenos Estoy en contra del machismo, odio haber tenido miedo toda la vida por ser mujer y odio estar contenta por no estar más en el rango de edad que pueda ser apetecible por un pibe sin educación, sin límites

sin escrúpulos.
Me parece injusto que no me sienta protegida por la policía, no me siento segura en una zona emblemática y tema hoy por mi hija cuando crezca. Sé que debo mantenerla atenta pero no transmitirle los miedos del ser mujer y no tener derechos a caminar sin escuchar palabras desmesuradas de un hombre calentón, estar atenta para evitar el toqueteo en un boliche y andar libre por la vida, tan libre como estos tipitos enfermos de mentalidad.

#LaCasaDe9DeJulio #TodosPorLucia

Sil Quiroga

Hablando de Emociones

Sentada en una sillita de colores, al lado de la mesa ratona, esperaba impaciente. Estaba sola. Miraba la gran biblioteca de color madera clara y el espejo contiguo. Sus ojos recorrían las paredes. En ese lugar, ningún mueble parecía hecho a medida de un adulto. El mobiliario era colorido. Había juegos de mesa prolijamente superpuestos en los estantes de la biblioteca. Se preguntaba si a ese lugar irían otros chicos también. De repente se abrió la puerta y una mujer la saludo muy dulcemente. Hola bienvenida, ¿cómo estás? Esa vez, pintaron. La siguiente, jugaron al Misterio ¡Cómo le gustaba ese juego! Ya la tercera, leyeron un cuento.

 Esa nena sufría mucho. Sentía mucho dolor. No quería ir a la escuela. Soñaba que no iba, que podía quedarse a jugar en su casa. Le costaba entender el por qué. Por qué era rechazada, ignorada. Condenada a la indiferencia, burlada. Comenzó a pensar que algo malo tenía, que algo estaba mal con ella. Que estaba mal ser más alta que el resto, ser morocha, ser flaca. Que estaba mal usar los lápices del año anterior, ir en bicicleta al colegio, no tener esa mochila. Que estaba mal ser distinta. Intentó entonces parecerse lo más posible a aquello que aparentemente tenía valor. Quiso adaptarse, pertenecer. Quiso que la quieran, que la respeten, que la escuchen. Comenzó a construirse. O quizás a destruirse. Se olvidó de aquella niña feliz que era. De aquella niña que se divertía juntando semillas y plantándolas, pensándose jardinera. Se olvidó completamente de aquella niña curiosa, ruidosa, llena de inocencia.  Se olvidó todo eso. Se olvidó de sí misma y podó, bruscamente, los brotes de una flor que comenzaban a amanecer.

 Una tarde, casi quince años después, aquella niña espera impaciente. Mira de reojo, casi sin moverse, el escritorio que la separa de la otra silla, la planta que decora el rincón, los tres cuadros prolijamente colgados, el reloj que, al lado del monitor, le da la espalda. Piensa que ahora los muebles, son muebles para adultos. No hay mesas ni sillas de colores, no hay juegos apilados ni grandes bibliotecas. De repente, se abrió la puerta. Hola ¿cómo estás? Dijo dulcemente la mujer que irrumpió en la sala. Esta vez no pintaron, ni jugaron, ni leyeron. ¿Qué te trae por acá? Preguntó.

Quiero recordar quien soy. Dijo y lloró.

Eugenia N.

Gracias Eugenia!

Mónica

COMODORO RIVADAVIA
Me llamo Mónica, tengo 56 años y a mis 13 años me enamoré de un amigo de mi papá.
 Él tenía 19 años.
Un día de invierno en mi Comodoro Rivadavia natal me animé a contarle lo que sentía.
En ese momento él estaba saliendo con una prima mía y lo que más recuerdo son sus palabras: -“Me gustas, pero sos muy chica”!.
Unos días mas tarde nos dimos el primer beso, ése que queda en la memoria emotiva de todo el cuerpo, el que llega hasta los huesos. Con muchas idas y vueltas, permisos de mis padres, castigos hasta corporales,  gracias a la ayuda de mi abuela materna de por medio nos vimos  en Capital Federal a mis 14 años.
Ay Buenos Aires querido, cuántos recuerdos!.
Nos casamos en el año 1978 a pocos días de cumplir yo los 16 años y faltando cuarenta días para que naciera nuestro hijo.
Tuvimos 5 hijos; cuatro varones y una nena. Fui feliz,  pero también  maltratada y ninguneada por él. Lo amaba de tal manera que no me daba cuenta.
Cuando escribo ésto aún se me dibuja una sonrisa en el alma y en el corazón. No me arrepiento.
RIO NEGRO
Al tiempo nos mudamos a Rio Negro, allí tuvimos dos varones más. Los siete niños eran mi dicha, mi marido trabajaba y nosotros lo acompañábamos. Los días transcurrían con sus vaivenes, mis hijos iban creciendo, sé que los mayores sufrían cuando él me maltrataba.
Al nacer nuestro último hijo, estuvimos los dos muy graves.
Paradoja del destino, exactamente al año mi esposo y uno de nuestros hijos de 13 años fallecen en un accidente. Mi segundo de 16 años, vio morir a su padre y a su hermano.
 Tengo este recuerdo de una época difícil, pasamos por accidentes, vicios, mi hijo Alejandro con cáncer y así un sinfín de situaciones.

Estuvimos 21 años juntos con mi marido, a los 32 enviudé, es como si mi vida hubiese sido al revés en la línea del tiempo – dice ella.

HOY
Mi refugio siempre fue la lectura y con ella la fantasía que me he armado en mi cabeza, eso de vivir mi propio cuento, como la película La Vida Es Bella.
Hoy escribo, leo, sueño despierta para darle una vuelta de tuerca a todo. Voy a ver recitales o al teatro y si son gratuitos mejor.
A mis hijos menores cuando eran adolescentes los llevaba a todas las bandas de rock posible, no tengo más capital que lindos recuerdos para ellos. Hoy, junto los pesos para regalarles a mis nietos cultura, libros, música … libertad.
Lloro a mi hijo muerto, tengo 14 nietos, mi hijo mayor tiene 40 años y por tercera vez ha sido operado de cáncer. Gracias a la vida está saliendo adelante. Tengo una hija alcohólica con la que no puedo conectar, ella tiene 4 hijos.
Mi segundo y tercer hijos están solos,  mi quinto hijo es el EQUILIBRIO. El más chico pierde un hijo también y éste dolor, es para toda la vida.
TODOS TRABAJAN Y TIENEN VIVIENDA.
En estos días tengo la historia de Mónica , de mucho drama, de pérdidas repetidas, de inefable dolor. Rescato que pudo poner en palabras su historia y que me la haya compartido y que aún con su alma rota sigue en pie.
Su motor y su  fortaleza fue el amor.
Gracias Mónica!.

Una Aventura en tren

Promediaba la década de los 80. La democracia había regresado a nuestro país, pero la gobernabilidad era difícil. Entre esos vaivenes a veces soplaban brisas de buenaventura para nosotros, mi hijo pequeño y yo una joven madre trabajadora, impregnada de fuerzas y deseos de aventuras viajeras. Los libros y los viajes, fueron para mí una constante. Ellos me sacudieron de la modorra que impone una ciudad provinciana. Ubicados en esa línea de tiempo, fácil es comprender que nuestras finanzas eran muy escasas. Entonces era preciso acudir a la astucia y creatividad, sumadas al deseo constante de aventuras. Una de las variantes, era viajar en tren de manera gratuita, con motivo de las elecciones -yo no había realizado el cambio de domicilio, en la esperanza de regresar a vivir a Buenos Aires, deseo que materialicé muchos años después-. Con los pasajes en mano, preparar el viaje era liberar adrenalina por doquier.

De esos viajes recuerdo uno en especial. Se trataba de “El Santafecino” en uno de sus últimos viajes, éste cubría un recorrido desde la ciudad capital de Santa Fe a Retiro. Con salida a las 22 hs. Desde la estación cabecera.

Nosotros vivíamos en la ciudad de Paraná, capital de la provincia de Entre Ríos, distante

26 kms, con un recorrido en bus de 45 minutos aproximadamente, el cual a veces se extendía. Ese sería el caso de este viaje. Llegamos a la estación justo cuando el tren se ponía en marcha, le grité al guarda que tome a mi hijo en brazos, yo corría por el andén a la par tirando bolsos y alguien que me tomaba en brazos para subir con el tren en marcha.

Hoy pienso: ¡Que locura de juventud! Además por ese entonces yo practicaba lo que hoy se conoce como running, entrenaba 18 kms semanales. Mi estado físico era óptimo.

Cuando logramos acomodar nuestros bolsos y nosotros sentados en asientos que habían conocido mejores épocas, me invadía un lógico agotamiento y me dormía profundamente.

Mi niño pequeño disfrutaba esos viajes, eran una gran aventura a su corta edad. Lo eduqué con total libertad, por lo que para nosotros era normal que mientras yo dormía y reponía energías, él se dedicara a recorrer los vagones a sus anchas, siempre fue y es muy sociable y conversador. Les contaba a todos los pasajeros que lo escuchaban: “…nosotros vamos a Buenos Aires a votar a los peronistas” Esta era una de nuestras picardías compartidas y aprendidas para concretar nuestras aventuras viajeras. Al guarda le parecía divertido y lo festejaba con una gran carcajada!

Como el viaje era largo, se dormía poco y de a ratos. Luego de su recorrida mi niño exclamaba: “Maa sacá la turtilla!” Los adultos cercanos estallaban en carcajadas! Recuerdo a una joven que viajaba en el asiento frente a nosotros y nos observaba, me comentó que mientras yo dormía, mi pequeño guardián me cuidaba y me acariciaba y le decía lo mucho que me quería….

Nuestra llegada a la mañana siguiente, diez horas después aproximadamente, a la estación de Retiro, repleta de gente en constante movimiento, nos producía una gran excitación.

En esa oportunidad nos alojamos en casa de un matrimonio amigo en el barrio de La Boca, Av. Regimiento de Patricios. En esa corta pero intensa estadía, disfrutábamos de paseos, compartir buenos momentos y conocer nuevos lugares. Las comidas en familia eran muy cálidas y agradables. Este matrimonio estaba integrado por un paraguayo y una riojana, ¡imaginen el arte culinario! ¡La sopa paraguaya que hacían era una delicia! ¡Las empanadas típicas riojanas lo más!  ¡Puedo seguir! Ellos eran una gran familia por parte de él radicada en Buenos Aires. Juntarse a comer era lo más usual y sumarnos a nosotros un placer.

Ellos tuvieron una niña y yo a mi niño por la misma época en la misma maternidad, de allí nuestro conocimiento. Para los niños jugar y entenderse es algo natural, por lo que llevarlos a la placita, a la calesita, era una rutina encantadora.

El viaje de regreso transitaba entre la melancolía, el cansancio y el firme propósito de algún día volver a vivir en Buenos Aires.

Han pasado 30 años de este viaje en particular, algunos recuerdos permanecen nítidos en la memoria, otros con el paso del tiempo se han desdibujado. En aquella época no había aún celulares de manera masiva y la comunicación era por carta, la última que les envié me fue devuelta por remitente desconocido. Ellos tenían la firme propuesta de vivir en Olivos, la distancia se impuso y esa amistad quedó también en el baúl de los buenos recuerdos compartidos. Hoy soy una mujer adulta, viviendo en Buenos Aires, que conservo mis dos grandes pasiones los libros y los viajes. Claro que los años me imponen cierta reserva en cuanto a tomar aventuras y descargar adrenalina. Pero lo sigo haciendo!

Mi pequeño guardián, hoy es un hombre libre que recorre el mundo a sus anchas, con su pasión que es la música. Es músico profesional y de los mejores, dicho por los que saben.

Me queda la grata sensación, de haber aprovechado esa maravillosa fortuna que se llama juventud, ¡donde el deseo natural de aventuras y el destello de adrenalina, lo transforman todo! Sólo hay que agregar una pizca de ganas y mente con propósito!

 

 

Gracias ,Lía Diana.

La niña

Caminando aquella tarde gris, fresca y húmeda, vi esa niña regordeta de cabello risado y despeinado. Acompañaba a su mamá mientras trabajaba en el puesto callejero. La niña sostenía un cuaderno universitario en una mano y un lápiz en la otra.

Su madre se sentó sobre el alfheizar de la ventana del negocio que quedaba frente a su puestito y la chiquita apoyó el cuaderno sobre la falda de su protectora.

Con unos ojos ávidos y curiosos se dispuso a dibujar, escribir o garabatear.

Los ojos cansados de su mamá, seguramente por llevar una vida sacrificada para poder darle lo mejor, la miraban con ternura, sabiendo que todo el esfuerzo valía la pena.

Fue inevitable que ello me remontara a mi historia, a mi mamá, a mi antigua yo. ¿Dónde está esa niña? ¿Dónde se fue? Me asalta la angustia al pensar que ya no está, que el tiempo la hizo desaparecer. Quisiera que estuviera por ahí, escondida o dormida … Pero lo dudo. La persona actual, ocupada, preocupada, planificadora no la deja despertar o ser; no la deja desplegar su esplendor, su curiosidad, su frescura, sus risas, su arte, su amor y sus caricias.

Esa angustia permanece y oprime.

¿Dónde estará? ¿Podrá volver a brillar?

María Agustina Irigoytia – Abril 2017

A esa mujer

Los días pasan tan rápidos, que me parecen disparos arrogantes, en esta ciudad fría y gris.
Y pienso que la vida se dibuja en la cartulina de un viejo disco de vinilo, anunciando que a las seis es la cita.
Y me pregunto: es que acaso tu piel tenía un horario para navegarla?.
Tengo un espacio en tu recuerdo amor,para seguir navegando tu piel, bañada de sol y besar tus labios que se dibujan en una sonrisa fresca de rocío. Y más allá de ésta fría ciudad donde los perros deambulan en silencio en busca de amigos inconclusos.
Donde tu recuerdo, es el sonido que llama, que grita, que gime, y ella es parte de mis sueños y es la pregunta a mis recuerdos, a mi alegría.
A TÍ!.

 

Gracias Victor Gomez Vargas por compartir tus relatos.